Cuando las infantas Elena y Cristina eran adolescentes lucían collares de perlitas de río, pulseras Cartier, relojes Panthère... Pero Leonor y Sofía ni siquiera llevan medallas, cosa que sería natural, ya que son católicas practicantes, aunque según un teólogo amigo: “Es una pena que alguien decidiera, en época de Juan Carlos, que la familia debía eliminar toda expresión externa de religiosidad...”. No las veremos en el Camino de Santiago, ni en el tren de los enfermos de Lourdes, ni siquiera comulgando en público... La austera indumentaria de las niñas también está en esa línea. No sé si Letizia conocerá los consejos de la reina Victoria Eugenia a la abuela de su marido: “María, es un desprecio no presentarte ante la gen- te lo más elegante posible, es una deferencia que te pongas tus mejores joyas para ellos, por humildes que sean...”. Y también: “Brillantes para viajar, no, nunca... Si acaso perlas”. Y también: “Si tuvieras que llevar bisutería, Dios no lo quiera nunca, al menos no la mezcles con joyas buenas”.

Sofía tampoco siguió estos sabios consejos de la exreina de España y, aunque en las ceremonias oficiales echaba el resto, en su vida privada cada vez se asemeja más a una extravagante echadora de cartas con sus decenas de amuletos, piedras de Mauritania, huevos de Pascua, colgajos varios y pulseras artesanales con los nombres de sus nietos. Algo que horroriza, por cierto, a don Juan Carlos, que detesta la cursilería y el artificio. Y no es porque sea una modesta señora que abomina del lujo: cuando se casó con Juanito observaba con displicencia las joyas que le enseñaba doña María, pero cuando esta le entregó con algo de solemnidad una bolsita en la que iba la perla Peregrina –“Es el símbolo de las reinas españolas y ha de pasar de generación en generación”–, Sofía sonrió y se abrazó a su suegra. Ya en Madrid, cuando pasaron delante del Palacio Real, le espetó a su marido desabridamente: “Supongo que aquí estarán las joyas buenas de verdad”. El comentario se entendió cuando, años después, doña María se encontró en el fondo de un cajón, entre los pañuelos, a la Peregrina. Horrorizada llamó a su nuera: “Pero, Sofi, ¿qué había en la bolsita que te di?”. “Una cadenita de plata, ya me pareció que era una tontería, pero como me la entregaste con tanto ceremonial...”. Pues bien, la Peregrina, en la confirmación, tampoco estaba.