No ha sido una semana fácil, la verdad. Belén Rodríguez se rompe una pierna, mi amiga C. me llama diciéndome que no está pasando por su mejor momento y yo me pongo malo del estómago y además la voz no me acompaña. Un desastre. Me hubiera quedado en la cama tres semanas seguidas, pero el trabajo me lo impide. Cosa curiosa: durante esta semana no he echado ningún ojo a las aplicaciones de ligue, hecho raro en mí teniendo en cuenta que a lo largo del día las miro compulsivamente cientos de veces. Llevo pensando mucho sobre el mundo del ligue en la actualidad y creo que me están empezando a dar ganas de bajarme del carro. No estoy a la altura de lo que se demanda hoy en día. Cuando yo era más joven acostarse con alguien era un triunfo –al menos en mi caso– y por lo que me acuerdo no éramos muy exquisitos a la hora de gozar de esos encuentros. O igual era yo, que como arrastraba ese complejo de culpa me conformaba con cualquier cosa. Ahora no sucede así.

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Conoces a alguien por alguna aplicación y debes enfrentarte a un exhaustivo test. Te preguntan qué te va, si tienes algún morbo, algún fetiche, si vas bien dotado. Y yo, la verdad, es que me he dado cuenta de que soy bien pavo, porque sabiendo de qué va la historia podría prepararme las respuestas. Pero no, me quedo en blanco y solo atino a con- testar: “Bueno, no sé, qué morbo tienes tú. ¿De tamaño? Pues normal, no sé”. Entiendo que ante estas respuestas la gente no muestre excesivo interés y pase al siguiente. Si tengo la gran suerte de quedar con alguien la historia también tiene lo suyo porque me he dado cuenta de que la gente suele tener un conocimiento extraordinario de su propio cuerpo. Practican el sexo con tanta asiduidad bienaventurados ellos– que lo ejecutan con una precisión suiza. Vienen con la partitura bien estudiada y exigen que la toques a la perfección: ahora un beso en el cuello, ahora un mordisquito en el lóbulo, ahora unas caricias por la espalda. No existe lugar para la improvisación ni tan siquiera para la emoción: el sexo se reduce a la repetición de una sucesión de elementos previamente testados que llegan a convertirse en rutinarios