Corte y confección

Ernesto quiere volver con Carolina

Carolina de Mónaco Alberto de Mónaco Charlene Wittstock
Carolina y Ernesto

22 de octubre de 2015, 11:35

Hay que reconocer que quien mejor ha representado a Mónaco, incluso en vida de su madre, ha sido y es la princesa Carolina. Caminado ya hacía los 60 años (los cumplirá el 23 de enero de 2017), el reinado de la hermana mayor de Alberto de Mónaco parece no tener fin. Espléndida en su madurez, con cuatro hijos y tres nietos, ha pasado por todos los estados civiles: soltera, divorciada, viuda y, desde hace ya seis años, separada de hecho, aunque no legalmente de su tercer marido, Ernesto de Hannover.

El príncipe alemán, primo hermano de la reina Sofía, multimillonario de 62 años, acaba de romper su relación con Simona, una joven rumana de 26 años a la que conoció en un prostíbulo de lujo de Viena y con la que se le ha visto en público en múltiples ocasiones. Según publican varios medios alemanas, Ernesto estaría dispuesto a volver con Carolina toda vez que, quitando el pequeño detalle de su relación con Simona, puede presentarse a su aún esposa como un hombre nuevo que ha dejado atrás sus épocas de vino y rosas y su carácter dispuesto siempre a una bronca.

Se cuenta que Ernesto de Hannover siempre se quiso casar con Carolina, pero cuando ambos pudieron hacerlo, de jóvenes, la bella princesa monegasca ni lo miró, aunque solo fuera por llevarle la contraria a su madre, Grace de Mónaco, que hubiera estado encantada con una boda que hubiera hecho entrar a su hija en el círculo de la realeza de verdad. Como se sabe, Carolina prefirió a Philippe Junot, un playboy que le descubrió la vida y las noches de París, para disgusto de sus padres aunque el marido le duró muy poco. Luego se murió Grace y Carolina tuvo que asumir el papel de primera dama junto a su padre, el príncipe Rainiero, en un intento de devolver el glamour al principado y, sobre todo, seguir conservando su imagen de paraíso para los millonarios de todo el mundo.

En 1985 Carolina se casó con Stefáno Casiraghi y juntos tuvieron tres niños hasta que, en 1990,  un accidente náutico vistió, de nuevo, de luto Mónaco y a la princesa que se  refugió  en la Provenza para asumir su pena. Allí en Saint Remy, con sus vestidos de alivio luto, Carolina volvió a la vida de la mano del actor Vincent Lindon y, después regresó a Mónaco para seguir trabajando para la empresa familiar. Lindon no se veía como príncipe consorte y Carolina siguió sola hasta que Hannover, ya casado con Chantal Houchuli, una de las mejores amigas de la princesa, volvió a cruzarse en su vida.

Ernesto volvió a la carga y Carolina, que tenía ya más de 40 años, le vio con mejores ojos y fue cediendo ilusionada por ser Alteza Real, en vez de alteza serenísima, por casarse con quien podía darle, e incluso  mejorar, la vida a la que estaba acostumbrada y, sobre todo, porque convirtiéndose en princesa de Hannover tenía la excusa perfecta para dejar de ejercer de primera dama de Mónaco, de una vez por todas.

Al principio, Carolina se vistió de bávara y pasó tiempo en las posesiones de Ernesto de Hannover en Alemania y Austria y también en su querida isla de Lamu (Kenia), pero arrastró a su marido a un primer plano al que no estaba acostumbrando a pesar de sus conexiones reales y su fortuna. Ahí empezaron los problemas, Ernesto quería llevar su vida de terrateniente tranquilo con alguna incursión en fiestas privadas de la realeza o la jet-set, pero no soportaba tener que actuar en todas las funciones de Mónaco. Se volvió irascible y, además, todos sus excesos salieron a la luz. Harto, le dio un ultimátum a Carolina: Mónaco o yo, y Carolina eligió el Principado, habida cuenta de que su padre había muerto y su hermano aún estaba soltero.

Ni la boda con Charlene, ni el nacimiento de los gemelos Jaime y Gabriela parecen haber relevado a Carolina de su trabajo como imagen de Mónaco. Pero, ¿estará ella satisfecha de su sacrificio? ¿Pensará ahora que quizá le hubiera ido mejor en el circuito Hannover?

Si Carolina y Ernesto nunca se han divorciado es porque existe un pacto entre ellos más fuerte que las desavenencias que conocemos. No es solo por seguir siendo Alteza Real, ni por Alejandra, la hija en común, ni tan siquiera por la fortuna que Ernesto debería pagar. Hay algo más, porque si no resulta también incomprensible que Carolina siga tratando como hijos a los de Ernesto que, en estos momentos, son los titulares y administradores de la fortuna familiar ya que su padre ha dejado en sus manos todos los negocios.

Si no hubiera existido Simona, quizá sería posible una reconciliación pero, en cualquier caso, si Carolina, dejando atrás su orgullo (que es mucho suponer) quisiera volver con Ernesto debería, sobre todo, dejar de una vez por todas el Principado y que Alberto y Charlene se organicen como puedan. De lo contrario, Carolina puede acabar como la vieja tía Antonieta, la hermana de Rainiero a la que la llevaban a los bailes de la Rosa casi en parihuelas hasta que un día se fue del baile a la tumba.

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