Vidas propias

"P. y yo llegamos a la ciudad con un firme propósito: encontrarnos a Bradley Cooper"

Bradley Cooper
Gtres

12 de agosto de 2014, 08:30

“La sorpresa es una liebre y los que salen de caza nunca la verán dormir en el erial”. La frase aparece en mi novela favorita -‘Nubosidad variable’, de Carmen Martín Gaite- y fue mi lema durante muchos años por un asunto que ahora no viene al caso. Pues bien: la frase amenaza con convertirse también en el hilo argumental de mi estancia en Los Ángeles.



P. y yo llegamos a la ciudad con un firme propósito: encontrarnos a Bradley Cooper, un actor que nos gusta porque está muy bueno. Paseamos con el radar puesto, ilusionados con la esperanza de verlo. Para entendernos: seríamos algo así como dos carpeteras españolas en pos del inane Justin Bieber. El miércoles, P. decidió largarse al gimnasio mientras que el resto del grupo -R., A. y yo- elegimos la opción más cómoda: quedarnos a tomar el sol en la piscina.

Dos horas después aparece P. triunfante. Recién duchado y con la satisfacción del deber cumplido después de haberse machacado incluso en vacaciones. “¿A que no sabéis a quién he visto en el gimnasio?”. Comenzamos a decir nombres al tuntún, pero él soporta poco el jueguecito porque la sorpresa le quema la boca: “¡A Bradley Cooper!”.

Yo, en vez de alegrarme porque mi novio ha cumplido su sueño, siento una rabia miserable. “No es tan guapo al natural”, me dice como para consolarme. “Tiene un cuerpo normalito aunque eso sí, unos ojos espectaculares”. Lo intenta pero no consigue apaciguar mi enfado. Al día siguiente me levanto bien prontito para acompañar a P. al gimnasio. Veinte minutos de caminata. Llegamos sobre las nueve y media. “Tranquilo, lo vi a las diez y cinco”.  Me subo a una elíptica para hacer tiempo. “La sorpresa es una liebre y los que salen de caza nunca la verán dormir en el erial”. No aparece. Y lo que es peor: no aparecerá.

Por la tarde nos enteramos de que está a punto de casarse, que le han hackeado el móvil y andan circulando unas fotos suyas en bolas. Es decir, que se ha convertido en carne de paparazzi, por lo que parece poco probable que haga vida normal durante un tiempo. Ajo y agua. 

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