Camino de Torremolinos –donde actúo mañana domingo- acabo de pasar con el coche por Granada y me he acordado de Mila. Quiero decir que me he acordado más intensamente, porque acordarme acordarme lo que se dice acordarme me acuerdo a todas horas. Pero me han venido a la memoria las dos veces que estuve en Granada con ella. La primera con P. y la segunda sin él. La primera también estuvieron Marisol y Antonio y Nani, la hermana de Mila, nos organizó una visita a La Alhambra preciosa. Presentaba en la ciudad mi primera función –“Iba en serio”- y tras la actuación acabamos cenando en un restaurante precioso con unas vistas la Alhambra espectaculares. La segunda vez fue con motivo de mi actuación con “Grandes Éxitos” y cambié a P. por Cristina. Después de la función también acabamos cenando en un restaurante con vistas a la Alhambra y luego continuamos la juerga con otros miembros de la compañía: Pedro, Alberto e Inés León, que nos llevó a una cueva de unos amigos en las que solo estábamos nosotros. Y allí Inés nos cantó por Rocío Jurado y Mila gozó como una niña chica. Luego ella se retiró y los demás continuamos la noche. Yo la acabé muy bien, todo hay que decirlo.

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A estas alturas de temporada suelo estar que muerdo. Irascible, agotado, peleado con la vida y deseando que lleguen las vacaciones para intentar calmar una ansiedad que suele devorarme a dentelladas. Pero fíjate tú a qué alturas estamos de año y aquí estoy tan pichi. Yendo a trabajar con alegría y sin saber dónde me voy de vacaciones que es algo que me da una tranquilidad enorme. Solo sé que el treinta y uno de julio acabo la temporada de verano con “Desmontando a Séneca” en Vitoria y a partir de ahí, la nada. Ni un billete de avión sacado. Ni un hotel mirado. Rien de Rien. Donde los hombres me lleven. A disfrutar de mis vacaciones como si tuviera veinte años. No me apetece meterme en un hotel exquisito perdido de dios, del mundo y de todo. No me nace programarme las vacaciones al dedillo. Lo que de verdad me pide el cuerpo es llegar a casa el domingo uno de agosto, ver a qué ciudad con playa puedo coger un vuelo y adelante. Estoy pensando hasta en comprarme un móvil prepago y dejar el mío en casa paro desconectar pero de verdad. Y llevar una maleta ridícula, que luego vuelvo con más de la mitad de la ropa que echo sin poner.

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Cómo me ha servido el trabajo estos últimos tiempos para no caer en un pozo bien negro. Después de que Mila se fuera uno de los sitios que mayor paz me proporciona es el plató de Sálvame. En él me siento seguro, arropado, entendido. Compartir emociones con Belén Esteban, Kiko Hernández, Belén Rodríguez, Lydia Lozano, Matamoros o Patiño me ha salvado la vida. Bromear con Valldeperas. Pergeñar maldades con Patricia González. Descojonarme con Alberto Díaz. Hace poco estuve en Barcelona haciendo promoción de las funciones que voy a hacer en el Tívoli y todos los compañeros me preguntaban que por qué trabajaba tanto. Y tampoco sabía muy bien qué contestarles pero después de haberlo reflexionado durante estos días creo que he hallado la respuesta. En el trabajo he encontrado a un grupo de personas con el que llevo compartiendo la vida más de diez años. Más de diez años cinco horas al día, que se dice pronto. Son algo más que colegas. Quizás no todos sean amigos íntimos pero después de tantísimo roce forman parte de mi entramado emocional más cercano. ¿Podríamos decir que forman parte de mi familia? Sí, podríamos, porque ese concepto abarca mucho más de lo biológico. No aguantaría tantas horas de televisión si no estuviera rodeado de gente como ellos. Trabajo tanto porque en realidad creo que no voy a trabajar si no a saber cómo le va a gente que forma parte de mi vida desde hace muchos años.