En el verano de 2014 me fui a Los Ángeles con P. y mis amigos A. y R. Alquilamos sendos apartamentos en West Hollywood y nos tiramos un mes entero en la ciudad. La gente suele detestar Los Ángeles porque está un par o tres días y como lo quiere ver todo solo le da tiempo a encabronarse en sus proverbiales atascos. Pero a nosotros la ciudad nos encantó: hicimos turismo, vida de barrio, alguna salida nocturna. Y yo aproveché para hacer clases de canto con un señor que se llama Seth Riggs y que fue profesor de Michael Jackson. 84 años tenía entonces y estaba en plena forma. Daba clases en un pequeño estudio de su casa que estaba repleto de discos de oro de ‘Thriller’, el legendario álbum de Jackson.

Me hablaba muy bien de él, de lo buen artista que era. Y también me hablaba de otros muchos. La pena es que como mi inglés era muy precario captaba la mitad de lo que me contaba. Ayudó a Liza Minnelli a prepararse el ‘New York New York’ y se ganó a Barbra Streisand cuando esta, al recibirlo en su casa, le dijo desafiante: “¿Qué puedes hacer por mí?”. Y él se limitó a contestarle tranquilamente: “No. Qué vas a hacer tú por ti”. También dio clases a Prince, Ricky Martin, Daniela Romo. Un día empezó a hablar y solo conseguí entender que hacía referencia a un piano. Como soy tan vergonzoso no me atreví a decirle que no le entendía y le dije a todo que sí. Al día siguiente, al finalizar la clase, me llamó su mujer que también era profesora. “Vaya, qué amables –pensé para mis adentros–, como vengo todos los días me van a hacer salir por la puerta principal y no por la del estudio”. Pero no.

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Es que sin yo saberlo había contratado una clase diaria de repertorio con ella. Creo que es el dinero mejor invertido de mi vida. Todos los días hacía técnica vocal con Seth y después cantaba al piano con Margareta. ¡Por eso me habló él de un piano! No sabían quién era yo, no me conocían de nada, así que no me daba vergüenza arriesgar, desafinar, tirarme a la piscina, equivocarme. Cuando das clases de canto, uno suele ser su peor juez y la vergüenza te impide avanzar. Ellos me la quitaron. Y el sentido del ridículo también. Y me impregné de esa filosofía tan americana que te empuja a creer que todo es posible.

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Margareta, casi cuarenta años más joven que su marido, era una mujer encantadora. Nacida en Suecia, contaba entre sus amigas a la actriz que interpretó a Pippi Calzaslargas –de hecho era la madrina de su hija– y había participado en el reality ‘Mujeres ricas’ junto a otras suecas que también vivían en Los Ángeles.

P. y yo almorzamos un domingo con el matrimonio y su hija en un club de Santa Mónica. Ella me recomendó unas pastillas para la garganta que solo venden en el Reino Unido y que yo compro por internet. A ella se las recomendó a su vez su amigo Tom Jones, es decir, que todo queda entre artistas. Cuento esta historia con el único afán de entretener. Y en recuerdo del aquel verano maravilloso en el que fui muy feliz.