Hemos arrancado los ensayos y comienza el tiempo de las dudas. ¿Gustará la función? ¿Irá bien el estreno? Haciendo gala de mi carácter obsesivo –así es como lo define mi amigo Alberto– aprovecho cualquier hueco libre para repasar el texto.

Ya sean diez minutos, media hora o dos horas y media. Es decir, que de aquí al 13 de marzo que estrenamos dudo que tenga un minuto para dejar la mente en paz. Tenerla ocupada en Séneca me ayuda a que acudan a mi cabeza pensamientos bonitos: volver a subirme a un escenario, recorrer España.

Ayer jueves me escribió Marta Ribera para decirme que, justo dos años atrás, estrenábamos ‘Grandes Éxitos’. Qué de cosas han pasado durante este tiempo. Una de las mejores, sin duda, volver al teatro. “¿Qué necesidad tienes?”, me preguntan alguna vez. “Toda”, respondo sin titubear. Me esperan horas de nervios, de kilómetros, de noches durmiendo fuera de casa.

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Pero nada de eso pesa cuando lo haces con pasión. Sin pasión no hay paraíso. No hay día que no escuche a alguien decirme que trabajo mucho. A veces te lo dicen con admiración y otras casi criticándote porque creen que es cuestión de avaricia, de acumular montones de dinero. No tiene nada que ver con eso y mucho con sentirme vivo.

Me aporta tanto mi trabajo, me produce tanta felicidad que no lo puedo considerar como tal. Todo ser humano debería aspirar a eso, pero creo que somos demasiado pocos los que gozamos tanto trabajando, de ahí que la mayoría lo entienda como un suplicio.

Creo que una de las partes más duras de mi trabajo es la soledad. La necesitas para estudiar, para concentrarte, para coger fuerzas, para meditar. Resulta curioso que mi trabajo consista en acompañar a la gente y, luego, busque estar solo. Durante todos estos años no he podido pensar sobre ello, pero ahora que he tenido que hacer un par de parones caigo en la cuenta de la soledad que conlleva nuestro oficio.

Es una soledad que a veces pesa, indudablemente, pero cuando sigues en esto tantos años también eres consciente de que es una soledad escogida. Tienes que aprender a convivir con ella, y es una tarea que vas perfeccionando con los años. Tiempo atrás, intentaba taparla con historias pretendidamente amorosas que no llegaban a ningún sitio. No podían llegar a nada porque no era eso lo que necesitaba. Primero debía aprender a vivir conmigo. Una vez que lo consigues, la vida comienza a verse de otra manera.

Aprendes también a no engañarte, a no enredarte en historias que nacen muertas, a aceptar que a lo mejor no aparecerá el hombre de tu vida porque no habrá uno sino varios. Últimamente, cuando me voy a la cama, me recreo en cosas bellas que me han pasado o fabulo con historias venideras. Es una bonita forma de decir adiós al día y esperar al siguiente con ilusión. Cosas que me han pasado desde que hago eso: ha desaparecido una de mis pesadillas más recurrentes.

En épocas de alerta –ahora es una de ellas por la función– siempre soñaba que me quedaba una asignatura para acabar la carrera y me presentaba al examen sin tener idea de nada. Curiosidades de la vida: hace un par de días soñé que hice un nefasto último examen de literatura española y al ir a recoger las notas me dijeron que había aprobado dicho examen ¡y la carrera entera!