Para coger fuerzas, me voy con P. de escapada a Costa Esmeralda, Cerdeña

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JOrge Javier Vázquez

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Jorge-Javier3. El autor y yo quedamos en conocernos

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Último tirón de la temporada: el jueves presento la final de ‘Supervivientes 2019’, el viernes grabo el debate y el sábado remato con un ‘Deluxe’. Para coger fuerzas y no acabar como las maracas de Machín –en el caso de que ya no lo esté–, me voy con P. a Costa Esmeralda, Cerdeña. Ahora lo tengo enfrente, en la terraza, mirando no sé qué en el ordenador mientras yo escribo. Sin que sirva de precedente, estamos teniendo suerte con el tiempo.

El Mediterráneo nos acoge con todo su esplendor y nosotros lo jaleamos en todo momento: qué agua más cristalina, qué paisajes, que vegetación más evocadora. Me gustan mucho las Maldivas, pero no me encuentro cómodo entre la gente que las visita: árabes cuajados de primeras marcas desde los zapatos a los sombreros, rusas que por la mañana temprano parece que van vestidas para asistir a una representación de gala del Ballet de San Petersburgo. Aquí, sin embargo, me siento como en casa aunque esta mañana nos hemos ido a dar una vuelta por Porto Cervo, y me he asombrado de la cantidad de yates que rondaban la zona. Qué ‘lujerío’, que diría Lina Morgan. Pero fíjate que la gente es más normal, o al menos a mí me lo parece. Abundan los matrimonios maduros, ellos vestidos como Flavio Briatore –o así– y ellas más tipo Catherine Deneuve en todas las versiones: ‘prêt-à-porter’, alta costura, deportiva.

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Cae en mis manos un libro que, pese a tener un título poco apetecible –’Nueva York de un plumazo’, de Mateo Sancho–, se convierte en una auténtica revelación. Narra las aventuras de un gay en la Gran Manzana y me ha servido para aprender cómo se las gastan por allá los de mi condición. Me gusta leer que en Nueva York ser gay es un privilegio y he aprendido lo que no está escrito sobre las maneras de relacionarse en la ciudad. Qué moderno todo, qué anticuado estoy para algunas cosas, sobre todo aquellas relacionadas con la tecnología. Con lo que me reía yo de mi madre porque no sabía poner el vídeo a grabar y ahora yo no sé ni hacer un directo en Instagram.

El libro me ha hecho también reflexionar sobre mi vida y sobre la manera de vivir mis emociones y mis sentimientos. Soy tan pesado con que tengo casi cincuenta años que me escribe un mensaje César que me hace descojonar: “Llevo con tus casi cincuenta tres años, cariño. Cuando los cumplas, voy a pensar que tienes sesenta”. Una cosa buena de las redes: poder recomendar lecturas y escribir al autor para felicitarle. Mateo –recordad, el autor– me contesta y quedamos en conocernos. La vida con P. es tranquila e incluso divertida. El peluquero del hotel le pregunta si somos pareja y le contesta que sí para quitárselo de encima. Pienso para mis adentros que el peluquero es un pelín indiscreto y, cuando me lo encuentro yo solo y me sonríe como una colegiala, pienso que no es indiscreción sino puro aburrimiento. La presencia de dos muchachos tan monos en un ambiente tan heterosexual debe haberle dado la vida.

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