No es por maldad

"Después del terrible accidente de su hija, Pedro Carrasco le cogió ojeriza a Fidel"

pedro carrasco y raquel mosquera

19 de septiembre de 2016, 10:35

Cada vez que lo entrevistabas, Pedro Carrasco colocaba estratégicamente la cajetilla de Marlboro que promocionaba para que saliera en las fotos y se subía un poco el puño de la chaqueta para lucir el reloj Viceroy, que también esponsorizaba. Era bondadoso, algo ingenuo, muy educado, y yo recuerdo a Rocío Jurado cantándole en la habitación del hotel que ocupaban en Valencia, “¡si amanece y ves, que estoy desnuda, cúbreme, cúbreme, cúbreme!” dándole a la palabra toda la intensidad sexual de su inimitable voz. Y Pedro huía haciendo rotar el índice sobre la sien perseguido por los gritos hondos de Rocío “¡cúbreme!”. Porque el matrimonio se rompió por el mismo motivo por el que se rompería después el de Ortega Cano, y Rocío se enamoriscó románticamente de un cuñado de ese gran señor del sur, mi amigo Rafael Peralta. Pero aquello no llegó a más porque el susodicho, un morenazo de caerte de espaldas, era hombre casado, y la Jurado sacó entonces un disco que fue como un portazo a su vida anterior y llevó el significativo título Punto de Partida. Pedro se enrolló a su vez con la peluquera del Palace, Raquel Mosquera, a la que entre todos esta semana hemos vuelto a hacer famosa. Se casaron en Alosno (Huelva), el cura iba maquillado como una puerta por eso de que había cámaras y Rociíto le comentó a un amigo, emocionada, “estoy contenta, porque Raquel es tontorrona y lolailo, pero buena gente”. Pedro se convirtió en un hombre feliz. Iban a todas partes, cobraban por los reportajes con alegría y desenvoltura, y participaban tanto en programas de parejas como en viajes exóticos sin moverse del mismo Madrid. Querían ampliar la peluquería y a los periodistas nos regalaban champús y productos suavizantes. Después del terrible accidente de su hija, Pedro le cogió ojeriza a Fidel, dijo que prefería al guardia civil y la relación se enfrió. Un día estaban en el Juan Carlos I de Barcelona, Rocío Jurado, Ortega y Pedro Ruiz tomando una copa y sonó el teléfono. Lo cogió José, se “le mudó la color”, colgó y solo dijo, “se ha muerto Pedro Carrasco”. Y ahí se acabó todo.

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