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Urdangarin, ángel o demonio

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Juicios famosos

3 de marzo de 2016, 10:07

El día que se inventaron ‘Sálvame’ nació una nueva manera de ver la televisión y, con los años, también puede verse bajo su prisma desde una sesión de investidura en el Congreso hasta las declaraciones de los acusados en el caso Nóos. Cuando Pablo Iglesias le da un beso en la boca a su colega Xavier Doménech la imagen que viene a la memoria es la de Madonna y Britney Spears en los premios MTV o la de cualquiera de los nuevos famosos, tipo Ylenia, dispuestos a cualquier cosa por llamar la atención y que les ofrezcan un Deluxe. Nada de ir a la casa de Bertín Osborne y menos aún que Susana Griso vaya a la suya, los políticos de hoy en día más parecen carne de reality y algunos harían un buen papel hasta en Gran Hermano VIP.

También es de lo más entretenido el juicio por el caso Nóos. Tras el espectáculo ofrecido por Diego Torres que se presentó como un cordero ilustrado, una especie de repelente niño Vicente, después de haberse pasado la fase de instrucción ejerciendo de lobo enfurecido contra la Corona, le ha tocado el turno a Iñaki Urdangarin y su puesta en escena tendente al  desamparo. El marido de la infanta Cristina, en su papel de noble deportista, ya  no se acuerda de que no es deportista ni noble pero aún consigue despertar dudas de si realmente él también fue una víctima de los desatinos de un par de contables locos, los dos hermanos Tejeiro, causalmente cuñados de Diego Torres, en los que confiaba ciegamente a la hora de dejar en sus manos sus asuntos fiscales. La cuestión es que la confluencia de los intereses de unos y otros se basaba en que uno, Iñaki, abría las puertas de donde salía el dinero y los otros intentaban sacar el mayor partido posible para todos.

En el mes que va a cumplirse desde el inicio del juicio oral se han conocido algunas cosas y en los casi cuatro que aún faltas serán los testigos quienes ratifiquen o nieguen la versión de los hechos relatada por los acusados. Falta la declaración de la infanta Cristina que marcará su vida y su imagen, no tanto por lo que vaya a decir que puede adivinarse pues su defensa será la misma que ya argumentó en su declaración como imputada: no sabía nada. Lo malo de esta historia es que puede admitirse que realmente fuera ajena a los tejemanejes de unos y otros, pero no que, una vez destapado el escándalo, no se llevara las manos a la cabeza y pidiera perdón incluso considerando que los pecados no eran suyos.

 

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