Vidas propias

La desapercibida muerte de Nati Mistral

Jorge Javier Vázquez
nati mistral

31 de agosto de 2017, 14:43

Sábado de vacaciones. Lo único que tengo que hacer hoy es quitarme pelos, y aún así me da una pereza antológica tener que enfrentarme a tal ímproba tarea. Es un trabajo más y en vacaciones lo que más me gusta es perder el tiempo. Tirarme en la cama a horas raras y levantarme cuando me dé la gana. Engancharme a Youtube y pasar horas y horas perdidas revisando documentos de lo más diverso.

Esta mañana he pasado un buen rato revisando material de Nati Mistral, cuya muerte ha pasado demasiado desapercibida. Creo que fue Rosa Belmonte la que escribió que Nati no sucumbió en sus últimos años a dar la nota en la tele como Sara Montiel o Marujita Díaz. Estoy de acuerdo a medias. Es cierto que no vimos a Mistral montando cutre shows absurdos en platós verbeneros. Pero también es verdad que no tuvo demasiados reparos en convertirse en asidua visitante de cadenas de televisión de ideología conservadora –eufemismo– en las que hacía gala de unos pensamientos carpetovetónicos. Y conste que por respeto también recurro al eufemismo.

Conocí a Nati Mistral hace casi treinta años, en un recital que daba en Barcelona. Fui a hacerle una entrevista y, al entrar en su camerino, exclamé: “Ay, qué perrita más bonita”. Ella, con esa voz que el Santísimo le había dado, me corrigió sin miramientos: “No es una perrita. Doña Sol, aquí un idiota”. Me quedé al recital y salí entusiasmado. Nati Mistral poseía un dominio escénico reservado a las grandes. Derrochaba talento y maneras un tanto añejas pero hipnóticas. Ha muerto en agosto, que para los artistas es el peor mes para morirse, porque la gente tiene la mente en la playa y el cuerpo con ánimos de verbena. Sin embargo, yo creo que escogió este mes para largarse porque detestaba el oropel que rodeaba a su profesión. Tanto que llegó a declarar que debían suprimirse los aplausos al final de cada representación teatral porque ayudaban a incrementar la vanidad del actor. Le gustaría saber que su muerte no ha despertado el interés que se merecía. Seguro que en algún lugar estará diciendo: “¿Ves? Si ya lo decía yo. No somos nadie”.

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