Pazo de Meirás. Agosto 1969. Una televisión panzuda, con una figura de Sargadelos encima, preside el pequeño saloncito, oscuro y húmedo, donde Franco y su mujer, Juan Carlos y Sofía, están viendo ‘Crónicas de un pueblo’. El caudillo tiene delante una Mirinda de naranja, que no ha probado porque se está quedando dormido. Doña Carmen se toma una manzanilla, como siempre después de la cena, que hoy ha sido tan parca como de costumbre: caldo gallego y una rodaja de merluza.

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Sofía está con el oído atento, porque Miss Hibbs, la ‘nanísima’, está acostando a sus hijos y a los nietos pequeños de Franco, Arancha y Jaime, mientras observa de reojo a su casquivano marido, que ya ha empezado a darle algún disgusto... Pero Juanito se hace el despistado fumándose un cigarrillo, que ha encendido después de pedirle permiso a la Señora. Carmen Polo ya les ha informado que se ha cambiado la cama que rompieron la primera noche haciendo dios sabe qué.

Las cabezas de dos ciervos abatidos en la sierra de Cazorla los observan melancólicamente desde las paredes. Juanito y Sofi se aburren a muerte, pero tienen que disimular, ya que su principal tarea en estos años de espera e incertidumbre es halagar al caudillo.

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Sofía y doña Carmen se entienden en francés: la princesa no se expresa bien en castellano y la Señora lo habla porque de pequeña tuvo una ‘gouvernante’ de Burdeos. En ese momento irrumpe en el cuarto una pareja sofisticada y elegante, oliendo a perfume francés y a dinero. Ella lleva un vestido de Pertegaz que deja ver sus bronceadas rodillas; él, foulard y pelo engominado. Son los marqueses de Villaverde, que vienen a despedirse: “Nos vamos a cenar al Náutico…”. Observan a la pareja joven y se sienten obligados a preguntarles: “¿Quieren venir sus altezas?”. Y es Sofía la que contesta: “No, preferimos quedarnos con el abuelo”. Quien me contó esta anécdota me dijo que a Franco le había resbalado una lágrima por la mejilla.

Príncipe Felipe y Franco
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