Reconozco que tengo debilidad por las Campos. Por las tres. Por la madre porque me acompañó televisivamente durante mi adolescencia y quería ser su amigo desde entonces. Porque era moderna, divertida, dicharachera y tenía pinta de ser muy divertida.

Luego me he dado cuenta de que es todo eso pero además muy vulnerable, lo que me ha hecho quererla más. Lo de admirarla se da por sentado, nadie que sepa de televisión puede negar que Teresa Campos ha hecho historia en el medio. Es un animal televisivo que todavía puede dar muchas sorpresas. Necesita un Santiago Segura en su vida para que haga lo mismo que hizo con Tony Leblanc: volver a ponerla en primera línea pero desde la privilegiada atalaya donde divisan la vida las estrellas de verdad.

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A Terelu le tengo muchísimo cariño porque he trabajado con ella y me encantan sus poses, sus contradicciones y su todo. Y no hay nada que me haga reír más que ver a Carmen Borrego cabrearse por cualquier nimiedad. Tiene la capacidad de llevarse auténticos soponcios por chorradas y sobrevolar por encima de las adversidades más o menos serias. Así que no soy objetivo cuando hablo de las Campos. Tiendo a defenderlas cuando se les va la olla, cosa que me parece que está muy bien porque esas salidas de pata de banco ayudan a fomentar la leyenda.

Esta noche viene Teresa al ‘Deluxe’. Me ha llamado Terelu a primera hora de la tarde para que la cuide. Dos horas después me llama insistentemente la madre. No se lo puedo coger porque estoy hablando con otra persona. Hasta que me envía este mensaje por WhatsApp: “Llámame urgente, por favor, que me quedo en mi casa”.

Corto la conversación que estaba manteniendo y la llamo. La encuentro cabreada como una mona porque en ‘Viva la vida’ han hecho un comentario sobre su visita al ‘Deluxe’ que no le ha sentado nada bien. Yo, entre que estaba pasando el sábado estudiando mi función y que justo en ese momento estaba charlando sobre ‘Todo sobre mi madre’ de Almodóvar, lo de ‘Viva la vida’ me suena a marcianada.

Se lo hago saber y, al final, nos acabamos descojonando, que es lo que hay que hacerle a la Campos. Ponerle sus crisis delante para que vea que hace un mundo de una mota de polvo. Llega con ganas al ‘Deluxe’. Coincidimos en maquillaje y echamos las primeras risas. Pero en cuanto se sienta en el plató y le ponemos el primer vídeo se tuerce. Durante la emisión masculla: “Yo no he venido a esto. Justo era lo que yo no quería, para qué me traéis si lo estáis contando todo, me voy a levantar y me voy a ir”. Y yo intentando mantener la calma y preguntándole a mi directora cuándo se acababa el vídeo. “Ya, ya, en treinta segundos”, me respondía mi Patricia apurada. Finaliza el vídeo y empieza la entrevista. Y aparece Campos en todo su esplendor.

María Teresa Campos dio el sábado una de las mejores entrevistas de su vida. Sabía muy bien lo que quería contar y cómo lo quería contar, pero probablemente no barajó la posibilidad de que los sentimientos le ganaran a las razones. Y fue en esos momentos, en los que se quebró, lloró y se emocionó, cuando logró encoger el alma de muchos que la estaban viendo.

Yo, que la tenía bien cerca, me quedé muy impresionado. Salió a relucir una vulnerabilidad desconocida para el gran público pero archiconocida por los que la tratamos con regularidad. Sé que a algunos no les gustó ver a una mítica presentadora destrozada por culpa de un hombre. A mí, sí. A su edad, pasarlo tan mal por amor no es un castigo, es una bendición. Significa que sigues viva.