Cómo aprender a ser optimista

No hay excusas para el desánimo: el optimismo es una habilidad que todo el mundo puede aprender. No solo tu mente se beneficiará de ello. También tu cuerpo, porque ver el vaso medio lleno redunda en la salud

Cómo aprender a ser optimista

16 de enero de 2016, 17:53

Ver la vida con optimismo no es ninguna ingenuidad: creer que es posible conseguir lo que deseamos hace que dediquemos más tiempo y energía a lograrlo. Situarnos en el optimismo hace que apreciemos todo lo bueno de la existencia y que lo vivamos mejor.

La fuerza de mirar las cosas en positivo

La fuerza del optimismo va mucho más allá de lo que imaginamos. Ya sabemos que una actitud optimista nos permite vivir de forma mucho más plena, pero además se ha descubierto que una visión optimista de las cosas mejora incluso la salud de las personas. Algunos trabajos científicos han demostrado que aquellos pacientes cuyo médico creía que mejorarían se beneficiaban más del tratamiento que aquellos cuyo profesional era pesimista o indiferente. Dicho de otro modo: el optimismo del médico tenía un efecto beneficioso sobre la evolución del paciente.

Creer es poder

¿Cómo se explica este hallazgo? ¿Es que la creencia del médico mejoraba mágicamente la enfermedad del paciente? No pero, seguramente, el optimismo del médico les transmitía esperanza a esos pacientes y hoy sabemos que las sensaciones de bienestar –como la risa– producen en nuestro cuerpo modificaciones fisiológicas que pueden ayudarnos a combatir algunas enfermedades. Por otro lado, es probable que los pacientes con médicos optimistas cumplieran mejor el tratamiento que los otros porque “¿para qué voy a seguir las indicaciones del médico si ni él cree que me servirá de algo?”. A partir de ahí, puede perfilarse una fórmula del optimismo, resumida en 'creer es poder'.
No es que la mera creencia pueda convertir algo en realidad pero cuando empezamos a creer algo, ese algo empieza a ser posible. ¿Significa esto que siempre sucederán las cosas como creíamos? Por supuesto que no. Más bien significa que, si no creo que lo que anhelo pueda suceder, lo más probable es que jamás suceda. Para ser precisos, podríamos decir: 'Poder no es sin creer'. Si no consigues imaginarte finalizando los estudios, jamás lo logras. Si no puedes verte formando una familia, te será difícil hacerlo. Si no logras verte al otro lado de un obstáculo, te quedarás paralizado sin atreverte a cruzar. Esto no es suficiente, claro, pero es imprescindible.

Buscar e imaginar

Naturalmente, después tendrás que pensar en cómo conseguir lo que has imaginado y tendrás también que trabajar en ello. Y éste es el optimismo que te proponemos. No el de creer ingenuamente que todo irá bien sino el optimismo de buscar –dentro de lo posible– qué quieres hacer y de imaginarte a ti mismo consiguiéndolo; el optimismo que sostiene que vale la pena dedicar trabajo, tiempo y energía a la tarea de movernos hacia donde deseamos aun cuando parezca dificultoso. Es cierto que adoptar una actitud optimista no está exento de ciertos peligros, por ejemplo, pensar que con esperar que las cosas resulten bien basta y, en consecuencia, desentenderse de nuestra participación activa en la cuestión. Eso no es optimismo sino comodidad.

Recibir con alegría

Otro peligro es caer en la absoluta certeza de que el resultado no puede ser otro que el que esperamos. Pero entonces confundimos el optimismo con la testarudez o con la negación. Esto trae aparejados dos problemas. En primer lugar, si las cosas no suceden como queríamos, la desilusión puede convertirse en un golpe difícil de encajar que nos dificulte volver al camino. En segundo lugar, si todo resulta como queríamos, no nos producirá alegría sino sólo alivio o tranquilidad.
 

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