Fuiste tan grande como la más grande. Llenabas estadios, te casaste con otra leyenda, doña Sofía iba a tus conciertos, ¡eras una diosa! Después, vinieron malos tiempos y diste con tus huesos en prisión. Esto es el fin, dijeron muchos. Sí, pero…

Fíjate, Isabel, que lo que va a acabar contigo no es aquel episodio carcelario, del que surgiste trágica, triunfante y orgullosa, sino los asrafes, los omares, las chabelitas, toda esa gentecilla mediocre que te rodea y que te vilipendia en televisión.

¡No te tumbó la cárcel y lo van a hacer unos niñatos que se permiten la impertinencia de colgarte el teléfono! Tú, desarbolada, delgadísima, insegura, ya no eres una estrella inaccesible y misteriosa, sino una mujer derrotada que se acerca a gente a la que apenas conoce para decirle con la voz quebradiza de un niño: “Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”. Qué pena todo.