Cada vez que gente de mi generación cuestiona públicamente el papel de la monarquía siempre aparece alguien –mayor que nosotros, por lo habitual– que nos mira con cierta condescendencia; como si fuésemos descerebrados soñadores –o imbéciles a secas– que no entendemos de qué va la vaina.

¿Para qué sirve un rey?

Pero, claro, es que la gente de mi generación ya casi tiene 50 años, que es una edad en la que se puede empezar a opinar con desapasionamiento de lo que te salga del mismísimo. Y con esta frialdad que me otorgan mis 50 primaveras afirmo con todas las consecuencias que creo que ha llegado el momento de que a los españoles se nos pregunte por la continuidad de la corona. Desde que era pequeño escuchaba a mi padre decir que no teníamos la madurez suficiente para una república y que, por eso, era necesario un rey. Tantas veces lo repetía que acabé creyéndomelo, y he crecido con la idea de que somos tan vivalavirgen que debemos tener muy presente la figura de un guardián que nos vigile y nos impida lanzarnos al precipicio del desorden.

Esa figura ha sido durante años el reverenciado rey emérito, una persona que ha contado con la devoción casi unánime de todo un pueblo que lo admiraba, lo quería y casi lo veneraba. Se le elevó a los altares por lo bien que se portó durante la transición y el golpe de estado. Tanto es así que la prensa aceptó mirar para otro lado y no escarbar en los asuntos del monarca porque sentía que se le debía demasiado como para ponerlo en aprietos. Pregunto: ¿debería la prensa de la época entonar un mea culpa por esa clamorosa dejación de responsabilidades?

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En plena crisis del coronavirus, en pleno derrumbamiento de una sociedad que desconoce a cuántos muertos tendrá que enterrar y si le quedará dinero para alimentar a los vivos, hemos conocido cómo despilfarraba el rey emérito millones y millones de euros en queridas, vuelos privados y ‘dolce vita’ en toda la extensión de la palabra. Lo malo no es que tenga vicios sino saber quién y cómo se los ha costeado. Las informaciones sobre los tejemanejes de Juan Carlos I son demoledoras. En esta época de horror, oscuridad y carencias, sus derroches son tan inmorales como crueles.

Debemos ser lo suficientemente maduros para aceptar que los cuentos de hadas no existen y que con toda seguridad hayamos tenido al frente de la jefatura del estado a un ser caprichoso, egoísta y muy poco solidario que anteponía su placer al bienestar de un pueblo cada vez más pobre y maltratado. Y llegados a este punto necesito saber entre otras cosas si es verdad que se encargaban inspecciones de hacienda a fotógrafos molestos; si se despedían a periodistas críticos con la familia real; si se hacía la vida imposible a aquellos que no se doblegaban ante sus majestades. Fuera ya las vendas de los ojos. Va siendo hora.

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Tengo casi 50 años y empiezo a preguntarme para qué sirve un rey. Y también me pregunto por qué Felipe VI no tomó antes cartas en el asunto sabiendo desde hacía un año lo que comunicó a los españoles hace una semana. Y me hubiera gustado que en su último mensaje se alejara para siempre de la figura de ese padre que se ha convertido en su verdugo. Mucho decir que Letizia se iba a a cargar la monarquía, y ha sido uno de sus mayores críticos, su suegro, el causante de una de las mayores –y quizás la definitiva– crisis de la institución. Creo que no quiero tener rey. Porque en una época en la que la gente se deja la piel preparándose no entiendo cómo una institución se perpetúa por vía familiar. Porque si de pequeños ya el disgusto al enterarnos de quiénes son los reyes solo nos dura un ratito, malo sería que a nuestros años no estuviésemos preparados para vivir sin ellos.

Porque ya no me impresiona el papel de Juan Carlos I en la transición. Porque quizás el 23-F se comportó cómo a él le convenía y supo vender su postura como un servicio que se ha cobrado generosamente. Porque con una sociedad diezmada y escasa de estímulos el discurso de Felipe VI sirvió para darnos cuenta de que el rey sigue amparándose en una palabrería tan ampulosa como hueca que no contagia más que hastío. Porque, en definitiva, antes de decirle: “Váyase”, me gustaría que nos preguntáramos si queremos que se quede. Y en cuanto a su padre, le auguro un futuro tan oscuro como el de su abuelo Alfonso XIII. Lo imagino vagando por diversas ciudades europeas acompañado por señoras que fuman suspirando porque les caiga algún millón de euros por entretener.