La semana pasada fue revuelta y de cambios. Espero que sea para algo bueno y para bien de todos. El viernes fue un día extraño porque se cumplía un ciclo en ‘Sálvame’. Fue una despedida de los directores y de la presentadora. Hasta que nació ‘Sálvame’ nadie ponía cara a los directores de un programa, porque no eran visibles y no solían dirigir desde el plató. En toda mi vida profesional mis directores me habían dirigido desde el control de realización, pero no desde el plató. Sin embargo, en ‘Sálvame’ pasaron a formar parte de la puesta en escena del programa. Todo el mundo los conoce y sabe quiénes son.

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Mi relación con los dos directores que han dejado de formar parte de este proyecto es muy diferente. A David Valldeperas lo conozco desde hace muchos años. Siempre hemos tenido muy buena conexión y me ayudó mucho en mis peores momentos en el programa. Intentó que relativizara lo que tenía importancia y lo que no. Algo que durante una tarde me parecía espantoso al día siguiente ya no existía. Cuantas veces le he podido decir a David: “Claro, cachondo, porque no están hablando de tu familia”. Mi relación con él no solo se limita a este programa. Durante un tiempo también me dirigió en el ‘Deluxe’. Le agradezco el día que me dijo: “Amor, es un placer dirigirte. Eres tan disciplinada”. Para mí es uno de los halagos más bonitos que me han hecho en mi vida. ¡Cuántas cosas hemos pasado y hemos vivido, David! Fulano, qué te voy a decir. Te quiero y, aunque eres el demonio de Tasmania en el pinganillo, te voy a echar de menos, pero sé que te voy a ver.