Una semana más, comienzo a escribiros en un día importante para mí. Todos sabéis que he pasado un proceso por el cáncer bastante duro y que, incluso, diría que hasta traumático. Me sometí a una doble mastectomía para no vivir con miedo. Os confieso que en el día a día no vivo con miedo, pero sí cuando se acercan las fechas de mis revisiones a las que me someto cada seis meses. No sé cuántos años más tendré que hacérmelas. Esta vez he estado, especialmente, nerviosa. Puede que se me haya juntado todo: el conflicto público con mi hermana, la mudanza de mi madre, tenerla en casa, esperar que ella esté bien… Por un lado, levantarme y saber que mi madre está conmigo en casa me da una tranquilidad. A veces pienso ¿Y si se quedara aquí ya? Por otro lado, imagino que ella quiere también su espacio y lo entiendo aunque vamos a vivir tan cerquita… Me gustaría tener una casa acondicionada para que ella pudiera estar conmigo. Al final, me da tranquilidad y ella aprendería a saber que yo tengo una parte de vida que debo vivirla y más después de todo lo que he pasado.

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Bueno, que me estoy enrollando. Os estaba contando que se acercaban mis pruebas oncológicas y una de ellas es la resonancia de mama a la que me someto aterrorizada, porque soy claustrofóbica. No puedo entrar en ese tubo como una persona normal. Agradezco al doctor, Luis Muñoz, que me ponga firme y me diga que no me va a sedar porque tengo que ser lo suficientemente fuerte para hacerlo. Eso sí, la fortaleza también me la dan las dos pastillas que me tomo una hora antes para poderme meter ahí. Estoy segura que si alguien me ve por los pasillos de la Fundación Jiménez Díaz ha dicho: “Esta tía esta colgada” porque voy un poco empastillada. Siempre que me hago las pruebas voy de la mano de mi amiga la doctora Rocío. Nunca pongo su apellido porque detesta que se la conozca. Sino fuera por ella y por su mano no sé si sería capaz de soportarlo y por el cariño que recibo de todo el personal de la Fundación, la que considero mi segunda casa. Después de la resonancia, me hago la analítica con marcadores tumorales y la radiografía de tórax. Tenía la necesidad de que esa radiografía me dijera que no había dañado el pulmón. Me quedé tocada después de haber pasado el Covid. Sin embargo, fumo que es algo que no debo y de lo que no me siento orgullosa. Debo organizar mi cabeza para dejar algo queme ata tanto en la vida. No quiero olvidarme del doctor, Juanjo Cordones. Él supo detectarme cuatro milímetros de un tejido que no era bueno en mi segundo cáncer en mi otra mama. Eso me ha salvado la vida, sin lugar a dudas. Por supuesto, que podemos tener una sanidad mejor, pero la que tenemos es la leche con profesionales abnegados que trabajan más horas de las que deben, que se dejan la piel para estar al cien por cien. Mi reconocimiento a todos ellos en cualquier hospital, en cualquier clínica y en cualquier ambulatorio de cualquier pueblo de nuestro país.

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Me estoy enrollando mucho, pero necesito desahogarme. Para mí hacerme la analítica es un paseo. No podría enumeraros las miles que llevo hechas. Esas me salvan la vida. A las horas, recibí la noticia que todas las pruebas han salido bien algo que me alivió. A pesar de la doble mastectomía, nunca hay riesgo cero porque es imposible quitar todas las células malas y ese uno por ciento te puede joder la vida. Cuando recibo los resultados estoy con mi madre en casa y al comunicarle que todo estaba bien me muestra su alegría. A continuación, lo primero que hago es decírselo a mi hermana. Ella sabía que tenía esas pruebas, porque así se lo hice saber en nuestras últimas conversaciones. Mi hermana se ofreció a venir conmigo, pero ella sabe que soy muy mía para estas cosas. Cuando le comunico el resultado de las pruebas me dice: “Eso es lo más importante. ¡Cuánto me alegro!” Le digo: “Lo sé, por eso te escribo”. He pasado el Covid y cómo tengo tantos anticuerpos nadie me quería vacunar. He seguido las instrucciones de mi oncólogo a raja tabla, pero el mismo día de las pruebas me vacuné. Eso ha sido lo más incómodo. Me dicen que como soy personal de riesgo debo ponerme dos dosis de Pfizer. Lo asumo y llego a casa agotada.

He cantado victoria hasta dentro de seis meses. No pienso vivir con miedo, pero hacia tanto tiempo que no me invadía el pavor y la angustia. La mente es así de traicionera y te juega muchas malas pasadas. Probablemente, es el conjunto de todo lo que me rodeaba en este momento.