Este dichoso encierro nos está obligando a pasar por estados de ánimo que jamás habíamos experimentado. Al principio, yo no quise enfrentarme al problema. Creo que es uno de mis rasgos: no plantar cara a las crisis, esperar a que se solucionen solas. Por ejemplo, no me gustan las conversaciones de pareja porque creo que no llevan a ninguna parte. Las considero pérdidas de tiempo. Si estás con alguien, sabes lo que le molesta y lo que no, lo que espera, lo que desea.

Cuando tienes que empezar a hablar de lo que no va bien y lo que se debería mejorar, me entra una pereza que me deja seco. Si a la persona que está a tu lado le tienes qué explicar qué es lo que te hace feliz es que hace mucho tiempo que no escucha tus sentimientos. Y ponerse a hablar y hacer propósito de enmienda me parece un coñazo sin sentido. Sobran las palabras cuando todos tenemos bien claritas las cosas. Y si no, es que es hora de despedirse y ‘hasta luego, Mari Carmen’.

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Decía yo que al principio no me quise enfrentar al encierro, probablemente porque mi situación es muy extraña. Continúo con la mayoría de mis rutinas. Pero lo de no querer enfrentarse a la realidad es un mecanismo de protección muy infantil, lo reconozco. Por eso, esta semana le he plantado cara y me ha dado bajón. Pensaba que todo esto se iba a solucionar muy rápidamente, pero durante estos días nos han ido endosando noticias que nos han quitado de la cabeza esa ilusión. Tras el desencanto correspondiente, que me ha durado varios días, vuelvo a coger fuerzas.

Jamás hubiéramos imaginado que tendríamos que hacer frente a una situación como esta, en la que la incertidumbre no deja paso a ninguna otra sensación. No sabemos nada: ni cuándo acabará, ni cómo saldremos, ni cómo afectará a nuestra vida cotidiana. Estamos ante un mundo nuevo por descubrir. Al principio, pensaba que muchas parejas iban a salir rotas después de toda esta historia, pero hoy creo que son muchísimas más las que saldrán reforzadas. Porque es ahora cuando te das cuenta de lo que verdaderamente vale la pena: una palabra de ánimo, un beso, una caricia, un abrazo por las noches antes de ir a dormir, un apretón de manos al despertarse pensando que queda un día menos para que esto acabe.

Y saldremos adelante porque no queda otra. Aunque no queramos o creamos que no podemos, saldremos adelante. Porque el mundo se ha recuperado de catástrofes peores. Porque el ser humano tiene la posibilidad de poner en práctica todo lo que generaciones anteriores nos enseñaron y que habíamos olvidado: no avanzaremos si no caminamos unidos.