Es uno de los muchos flecos del caso Mainat que ha llamado la atención del público. Y eso que no son pocas las excentricidades a las que nos hemos ido enfrentando. Desde que saltase la noticia del supuesto intento de asesinato del famoso productor a manos, al parecer, de la que sigue siendo su actual esposa, la cosa se ha ido liando a un ritmo que resulta complicado saber en qué punto estamos. Alina la rusa, Gabriel el scort, una extrabajadora que pasaba por allí y veinticinco personas encerradas en un piso de 500 metros cuadrados que, extrañamente, nadie ha escuchado desde la calle -los inquilinos más silenciosos del mundo-. Y en medio de todo, las pelucas de Ángela. ¿Por qué cada vez que pisa la calle sale resguardada con un nuevo look? Podría ser un concurso de la tele pero, no, es la realidad…

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Cada nuevo detalle que conocemos del ‘escándalo Mainat’ es más sorprendente que el anterior. Si ya un intento, supuesto, de asesinato con inyecciones de insulina durante una larga noche -documentada a través de cámaras de seguridad- sonaba más a ficción que a otra cosa, lo que ha ido ocurriendo desde entonces nos tiene al borde del colapso. La puerta de la casa de Josep Maria Mainat, de una de ellas, es ya el decorado perfecto donde todo puede pasar. Incluso un desfile de pelucas.

Cada vez que Ángela, la todavía pareja del productor, hace una incursión fuera del domicilio los reporteros presentes se encuentra con una nueva y sorprendente imagen. La estudiante de medicina ha optado por desempolvar su colección de postizos a los que añade habitualmente gafas de sol y la obligatoria mascarilla. Una esperpéntica imagen que ha dado la vuelta si no al mundo, sí al país. Pero, ¿por qué este empeño en no dejarse ver si, en tiempos pasados, no dudó en aparecer en pantalla junto al que es su marido?

Laura Fa daba la clave en el podcast de ‘Lecturas’. La periodista, una de las que más información tiene actualmente del caso, apuntaba a una estrategia muy bien pensada de cara a proteger a los hijos de la pareja. “Ángela no quiere que, cuando todo esto pase, quede su imagen documentada”, apunta. “Si sus hijos buscan en Google, que nunca la vean rodeada de prensa ni de policía”. Una táctica que no deja de cojear viendo el espectáculo que se está formando pero que tiene cierta lógica.

“Ahora mismo, la niña tiene ocho años. Si ve a una señora con peluca, no cae en que es su madre”, nos cuenta Fa. Mientras tanto, el problema continúa. Denuncias cruzadas, Mainat en paradero desconocido -parece que se guarece en una casa alquilada de la que no dudará en moverse si alguien descubre la localización-, los actores secundarios concediendo entrevistas en televisión y la opinión pública pegada a la pantalla. Si el primer confinamiento nos trajo el ‘Merlos Place’, ahora nos queda el ‘Mainat Gate’.