Su hermana Telma, cuando puso una disparatada demanda a 57 medios, llamó al presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid para justificarse; es de suponer que a instancias de Letizia, pero dio igual, porque la impresión que causó fue pésima y las críticas se volvieron aún más virulentas. El círculo de amigas se fue estrechando, la sospecha de una indiscreción enviaba a la culpable a galeras y empezó a manifestar su disgusto en público con actitudes infantiles y desplantes que Felipe y los miembros de la Casa no sabían cómo tapar. “Se convirtió en una máquina de reñir”, me confiesa mi informante, que siguió tratándola esporádicamente. “Se la notaba siempre malhumorada, incómoda... Los organizadores de los eventos no sabían qué hacer para contentarla”.

En Barcelona, en un acto de una empresa que le presta grandes servicios de imagen, hizo cambiar el ‘catering’ 24 horas antes porque el menú no le gustaba. La noticia se filtró y cuando se organizó un homenaje al patriarca de la compañía ella se negó a asistir, aunque sí fue Felipe. “El destinatario de sus invectivas empezó a ser su marido. Su actitud era: ‘Si yo no me divierto, tú tampoco”, prosigue mi interlocutor, aunque Letizia también se puso a señalar a periodistas por ofensas reales o imaginarias.Se cuenta que, en una ocasión, hizo llorar delante de sus compañeros a la simpática cronista de un importante diario.

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Los Reyes asistieron a la entrega del Premio Planeta 2016. Antes, se había preparado un encuentro con los ganadores y finalistas de años anteriores, pero las amigas rodearon a Letizia estableciendo un cordón sanitario que la protegía y aislaba al mismo tiempo. Yo, que había quedado finalista dos años antes, quería presentarle a mi hijo, pero desistí, como los otros escritores, porque la barrera era infranqueable. En un momento dado fui al lavabo y oí un taconeo frenético detrás de mí. “Pilar, Pilar”, me giré, asombrada. “Chica, te estaba saludando y no me veías... ¿Cómo estás?”. Delante del espejo del cuarto de baño estuvimos conversando un rato mientras nos pintábamos y atusábamos el pelo. Salimos, le presenté a mi hijo y nos encontramos al periodista Andrés Guerra, que, al verla tan afectuosa, preguntó: “¿Podría grabarle unas palabras sobre este acto?”. Se le notaban las ganas de decir que sí, pero al final se negó a regañadientes: “Qué más quisiera yo, pero esos...”, y señaló a un señor de gris que la observaba desde lejos. “No me dejan”. Encerrada en la Zarzuela, presidiendo actos sin brillo, ¿la Reina se aburre? Mi confidente concluye: “Ahora ha asumido que no hay vuelta atrás y está resignada”. Siempre le quedará Rociíto.