Fin de año. 1956. En la ‘boîte’ Muxaxo de Cascais se reunían los exiliados. Los hijos del conde de París, los príncipes italianos, los Bulgaria, los Borbón... Juanito llevaba una cinta negra en la manga en recuerdo del hermano muerto, pero era el más animado de la fiesta. De pronto, una mujer curvilínea y voluptuosa se acercó a él cimbrando las caderas. Era la escandalosa condesa Olghina de Robilant, de 23 años, famosa por sus excesos hasta el punto de que saldría en la película ‘La dolce vita’, de Fellini. Bailaron el chotis ‘Madrid, Madrid, Madrid’, los labios de Juanito en su oreja susurrando palabras de amor. Extrañada, la condesa le preguntó si no salía ya con la princesa María Gabriela de Saboya y él contestó con desenfado: “Sí, pero está en Suiza y tú me gustas mucho”. Se sentaron juntos, él no dejaba de meterle mano..., ella se retocaba los labios con nerviosismo y él le dijo: “No te pintes la boca, porque voy a volver a besarte...”. Le arrebató su barra de ‘rouge’ y escribió en la servilleta: “Te quiero”.

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Una relación de cuatro años

Extraviados de pasión, salieron a la noche e hicieron el amor en el asiento trasero de su Volkswagen. “Me besó con sus labios ardientes, secos y experimentados... Era muy sabio en el sexo, aunque solo tenía 18 años. ¡Se comportaba como un hombre y no como un niño!”, relata Olghina en sus memorias, ‘Reina de corazones’. Fue la primera vez de muchas, su relación duró cuatro años. Juanito tenía otras novias, pero siempre volvía con Olghina, un volcán inolvidable que volvía locos a los hombres. Lo acompañaba hasta en las bodas familiares. En una ocasión, para incluirla en un viaje a Rapallo, Juanito tuvo que pelearse a puñetazos con su padre, que quería que rompieran.

Olghina de Robilant
Cordon Press

“El Rey es el padre de mi hija”

La última vez que se acostaron fue en la pensión Passiello de Roma, unos días antes de la boda con Sofía, y Juanito le enseñó el anillo de prometida que le había hecho a partir de una botonadura de rubíes de su padre. Olghina le contó que durante ese año en que no se habían visto había tenido una hija: “El príncipe se volvió frío como un témpano de hielo y dijo: ‘Espero que no trates de endosármela”. Después le pidió dinero para pagar la habitación que, según cuenta ella en esas memorias, Juanito le devolvió por medio del padre de Alessandro Lequio. Intercambiaron 47 cartas amorosas en las que él se comportaba como lo que era, un cadete enamorado: “Esta noche, en la cama, he pensado que estaba besándote, pero me he dado cuenta de que no eras tú sino una almohada sucia y con mal olor (de verdad, desagradable)”.

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En el año 88, Olghina vino a España para chantajear al Rey con esas cartas. Jaime Peñafiel hizo de intermediario y consiguió que Sabino Fernández Campo pagara 8 millones de pesetas a la condesa, que, sin embargo, había hecho copia de las misivas y las publicó en la revista Oggi. En esas mismas páginas, el 13 de septiembre de 1989, contó: “El rey de España es el verdadero padre de mi hija Paola, no lo he querido llevar a los tribunales para no comprometer su futuro”. En sus memorias, dos años después, lo negó y dijo que Paola, hoy una reputada y anónima filóloga profesora de universidad, era hija de un italiano moreno (Juan Carlos ha nacido en Roma). ¿Le pagaron por desmentirlo? Después de todo lo que sabemos sobre las actividades del emérito, no cabe duda.

Juan Carlos I y reina Sofía de jóvenes

Cronista en la boda de Felipe

Muchos años después, Olghina de Robilant resurgió como un fantasma del pasado en la boda de los príncipes de Asturias, el 22 de marzo de 2004. Vino a España como enviada especial del periódico La Repubblica y su blog Dagospia porque se había hecho periodista. Al parecer, Olghina estuvo en la cena privada que se dio en la Zarzuela, ya que relató la pelea entre Humberto de Saboya y el duque de Aosta, que se odian a muerte a pesar de ser, según se comenta, hermanos. La condesa hizo la crítica más despiadada y feroz sobre la boda que se escribió esos días.

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En su artículo detallaba que Paloma Rocasolano “llevaba un sombrero que parecía un orinal” y que en su traje rojo “solo faltaban la hoz y el martillo”, que doña Sofía “tenía unas ojeras impresionantes, se notaba que se encontraba muy mal”, y que la misma Letizia “se hizo esperar veinte minutos con la arrogancia de una diva, tiene una mirada de acero y se cree Evita Perón. La corona de miss España Ortiz parecía de plástico”. Y terminaba resumiendo la ceremonia con estas palabras venenosas: “¡Ha sido un ‘show’ matrimonial tan falso como el dinero del Monopoly!”. De su antiguo novio, comentaba, sin embargo, con cierta nostalgia: “Pobre Juanito, para mí tan trasparente, ¡su expresión todavía me hace reír! Me gustaría cantarle una vieja canción mexicana: ‘Un viejo amor, ni se olvida ni se pierde...”. ¿Quién le habrá contado al emérito que su antigua amante, la mujer que le enseñó todo sobre sexo, ha muerto? ¿Habrá sido la princesa María Gabriela de Saboya, su primera novia, que tenía cierto trato con ella? Juan Carlos sonreirá indulgentemente por los pecadillos de aquel Juanito enamorado y habrá respondido quizás con unas palabras de la última carta que intercambió con Olghina: “Así es la vida, ¡nos pasamos la vida soñando una cosa mientras Dios decide otra!”.