Pregunto a mi interlocutor, mi confidente desde hace muchos años, qué relación tiene con la familia, con Felipe en concreto, ya que con su mujer no mantiene vida conyugal desde el año 1968, y cuando se marchó de España hacía ocho meses que no se veían, desde enero, cuando inevitablemente coincidieron en el funeral de la infanta Pilar. “No ha interactuado con su hijo desde que se fue… Es una de las condiciones impuestas”.

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En sus conversaciones, don Juan Carlos nunca menciona a Felipe y le echa la culpa a Sánchez y a sus socios de gobierno de su situación y de lo que él considera una campaña en su contra. Al parecer, cree que todo responde a un plan para acabar con la monarquía en diez años, objetivo que opina que conseguirán si siguen por este camino. Pregunto si está tan aburrido como se dice. “Menuda frivolidad, no es un niño pequeño para aburrirse”. ¿Hundido? Duda... “No, el Rey es poco sentimental. Es frío, y puede ser muy duro y hasta cruel en ocasiones…”. “¿Sientes pena por él?”, le digo. El teléfono se queda mudo, pero yo quiero pensar que sí.