Elena cambia completamente. ¿Dónde están sus fastuosos trajes de Caprile y Lacroix, sus sombreros, sus largas sesiones en la camilla de la esteticista, su asistencia a fiestas y desfiles de moda? Todo eso pasa al olvido, se dedica a sus trabajos de profesora de inglés y en la Fundación Mapfre, ejerce de madre soltera de sus dos hijos, se vuelca en la religión y en la amistad de su amiga Rita Allendesalazar, su segunda familia, y los periodistas pronto nos cansamos de seguirla y dejamos de hablar de ella. Y aquí se vuelve a dar otra injusticia en su vida: a pesar de su comportamiento irreprochable, la casa real decide prescindir de sus servicios y arrumbarla al desván de los trastos inservibles como su hermana Cristina, la gran repudiada.

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La apartan de todas sus funciones, apenas tiene trato con su hermano, su cuñada o sus sobrinas y, aunque no tiene ninguna culpa, se convierte, como Cristina, en una apestada. Con Letizia, el trato siempre ha sido frío y distante; una es una princesa de sangre real y la otra no, pero su cuñada tiene el poder y ella no. Es curioso que se mantenga tan apartada a la que va tercera en la línea de sucesión de la Corona, después de Leonor y Sofía. Un caso único en las monarquías europeas.