Isabel Pantoja es a ‘Aquí hay tomate’ lo que Terelu Campos a ‘Sálvame’. Si la Pantoja se convirtió en la protagonista absoluta del mítico programa que presentábamos Carmen Alcayde y yo, Terelu va camino de convertirse en la sustituta de la folklórica. Hablábamos de la Pantoja en ‘Aquí hay tomate’ y subía el pan. Pasa como con Terelu en ‘Sálvame’, que cuando se convierte en protagonista nos proporciona muchas tardes de gloria.

Caso curioso el de Pantoja y Terelu: funcionan muchísimo más por ausencia que por presencia. Y luego es fundamental que cuando se hable de ellas sea no muy bien, entonces es cuando las audiencias se disparan. Las vicisitudes de ambas atraen más si son tirando a catastróficas. En sus casos, la felicidad no vende. Pero eso tiene una explicación muy sencilla: a la gente le gusta saber que las divas también lloran. Isabel y Terelu son estrellas en sus respectivos campos, quizás las últimas que nos vayan quedando.

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A mí me gustan porque tienen unas formas y unas maneras clásicas en el mejor sentido de la palabra. Se enfrentan a su profesión a la antigua usanza, con temores y miedos a veces superlativos. Creo que figuras como las suyas son necesarias en un mundo como el nuestro, en el que prima la ensoñación, el disparate y las personalidades poco equilibradas. Lo dije el sábado en el ‘Deluxe’ y lo repito aquí y ahora: encima de un escenario o en un plató de televisión no quiero ver personas normales.

Quiero gente que me remueva, que me provoque sentimientos, que me haga soñar y me haga maldecir, que me obligue a cambiar de canal o a permanecer pegado la pantalla. Qué manía tenemos de pretender convertir a las estrellas en ciudadanos de a pie. Demasiado prosaica es la vida como para que me lo estén recordando continuamente ciertos artistas y presentadores. Arriba el caos, muera la cordura.