Rubén es el nuevo Miguel Ángel Silvestre versión reality cañero. Lo ves y te impresiona por lo alto que es –al menos a mí que llego con dificultad al 1.69– y por sus ganas de agradar. Me dice mi madre: “Vaya cara de pillo tiene”. Y no se equivoca, porque aunque lo intenta disimular con una sonrisa aparentemente angelical, Rubén pertenece al grupo de los ‘canelita fina tirando a canallas’. Vamos, la perdición de las nenas.

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Para que veáis que el sexo no lo es todo para mí, yo solo me acostaría con él una vez. Creo. Pero a lo que iba. Está siendo listo porque se está refugiando en el papel de cándido. No creo que lo sea. Ni tímido. Ni vergonzoso. Pero con su 1.93 de estatura y esa carita que no la pintan los pintores, ir de chulo no le beneficiaría nada. Lo convertiría en carne de cañón, en aspirante a tonto del bote, en la nadería más absoluta.

Pero se ha agarrado al rol de hombre desvalido que no sabe muy bien por qué tiene tanto éxito y la cosa le está funcionando. Ha adoptado una postura inteligente y, si se lo sabe trabajar, la cosa le puede durar un tiempo prudencial para sacarse unos ahorros y enfrentarse al futuro con un poco más de tranquilidad. Pero no tengo yo muy claro si va a ser capaz de tapar durante mucho tiempo lo que en realidad es: uno de esos vivales a los que la vida siempre les acaba sonriendo. Es educado, correcto y encantador. Por ahora no se le puede pedir más.