Sábado, dos del mediodía. Esta noche me reencuentro con la Campos en el ‘Deluxe’. La historia puede salir bien, regular, mal o extremadamente mal. Todo depende de ella. Si viene con ganas de pasárselo bien, miel sobre hojuelas. Si se sienta en plan “soy María Teresa Campos, historia viva de la televisión”, las vamos a pasar canutas.Contra una Teresa Campos cruzada poco hay que hacer, porque todo le viene mal: la falda que se ha puesto, la manera en que la han peinado, los vídeos que ha preparado el equipo... Yo, que cada vez soy más precavido, me estoy preparando para lo peor. Lo primero de todo es respirar hondo y no saltar a las primeras de cambio. Dejar que se explique, que suelte todo el cabreo que lleve almacenado y su cuerpo se quede sin una gotita de mala leche dentro. Una vez que se encuentre limpia de mal humor, intentar quitarle el miedo a mostrarse tal y como es. Que comparta sus inseguridades, sus temores, sus equivocaciones.

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Tiene una entrevista la Campos: compartir con la audiencia cómo lleva la casi inactividad profesional una mujer que ha trabajado sin descanso y que considera que todavía está en plenas facultades para hacerlo. Yo voy preparado para no perder los papeles y acabar montando un tres de mayo, que diría Belén Esteban. Creo que ella viene con ánimo de pasárselo bien. Cuando a principios de semana, comentando su entrevista con Emma, dije que yo no quería más guerras, mi productora la llamó para traerla al ‘Deluxe’. A ella le faltó tiempo para escribirme un mensaje: “Ya me han llamado, jijiji”. Si es que le va la marcha.

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El domingo, sin heridos

Tras la entrevista con María Teresa Campos no hubo que lamentar heridos. Vino sin ganas de liarla, porque está feliz. Y cuando María Teresa Campos está feliz, está feliz España. Esto es así. ¿Y porque está feliz? Porque vuelve a Mediaset. No hay cosa que haga más dichosa a la Campos que trabajar, y ante esta verdad incontestable poco podemos añadir. Juega a las cartas todas las tardes con sus amigas y los domingos va a comer a casa de su hija Terelu, pero a ella lo que de verdad le gusta es trabajar. Como le pasa a tanta otra gente en tantos otros oficios, que vibran produciendo. Creo que no es un error, por llamarlo de alguna manera, de la Campos. Nos han educado para ser hombres y mujeres de provecho, para descansar lo estrictamente necesario. De toda la vida de dios hemos juzgado negativamente a aquella persona que tenía la osadía de proclamar a los cuatro vientos que no había pegado un palo al agua (léase Carmina Ordóñez). Y de aquellos polvos, claro, estos lodos. No sabemos decir “basta” porque hemos dedicado tanto empeño al trabajo que al llegar a mayores nos sentimos huérfanos si no seguimos currando. Creo que la gente más joven no tiene ese sentimiento del deber tan grabado a fuego. Muchos no trabajan porque lamentablemente no hay trabajo, pero cada vez conozco más casos de gente que prefiere echar menos horas y ganar menos para dedicarse a lo importante de verdad: intentar ser felices y no estar siempre puteados en un valle de lágrimas. El ocio nunca fue malo, pero nuestros padres lo pintaron como uno de los mayores pecados mortales. ¡Con lo bien que se está sin hacer nada y lo que cuesta disfrutarlo sin complejo de culpa!