Hace calor, es primavera y no quiero amargarle la existencia a nadie. Prefiero escribir sobre vidas imaginadas o recordadas. No suelo leer poesía. Es una de mis grandes lagunas y me da rabia, así que este verano prometo aplicarme. De la poca poesía que conozco me gusta mucho la de Jaime Gil de Biedma. Recupero los dos últimos versos de ‘París, postal del cielo’: “Y aquel viaje – camino de la cama– en un vagón del Metro Étoile-Nation”. Siempre que llega el calor empiezan a agolparse en mi memoria historias que me gustaría haber vivido.

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Me hubiera gustado, por ejemplo, disfrutar de una manera más libre y despreocupada mi condición sexualy haber gozado de un amor de verano en alguna ciudad europea. Hacer el interrail, amar sin complejo de culpa, acariciar pieles tersas y morenas en París, Copenhague o en la aparentemente aburrida Viena. Tener un grupo de amigos despreocupado que considerara el pasárselo bien como una de las asignaturas principales de la vida. Pero a los 25 años me vine a vivir a Madrid y me convertí en una persona responsable. Muy dedicada a su trabajo, muy entregada, que dejaba poco lugar al goce porque por herencia paterna lo consideraba una pérdida de tiempo. Ahora echo la vista atrás y me doy cuenta de que el trabajo me ha llenado tanto que mi vida personal han sido ratos. Ratos que he intentado exprimir al máximo porque después siempre me tocaba trabajar.

Tengo la sensación de que me falta tiempo, pero es algo que vivo con alegría y no con angustia. Arañar momentos única y exclusivamente para mí hace que aquellos que consigo los disfrute plenamente. Hablo con una amiga que se ha quedado un poco colgada de uno de 50. Dice que el tío tiene el síndrome de Peter Pan, que vive como si estuviera sonando la ‘Última llamada’ de un avión. “Conozco esa sensación”, le digo. Yo la he vivido o probablemente la siga viviendo todavía. Te ves bien, te sientes bien y crees que tienes que apurar porque la decadencia está a la vuelta de la esquina. Y en ese afán por no perder el tiempo vives al borde del ridículo. Porque los 50 son 50 por mucho que digan que son los nuevos 40. Vivir de una manera sabia implica adaptarse a las circunstancias. De qué nos sirve cumplir años si vivimos colgados de un pasado que tampoco fue tan glorioso. La realidad me agota pero la vida se acabará imponiendo, ya verás.