Ayer fue la última gala desde Honduras y Lara no cerraba la palapa sino que la dejaba funcionando a todo gas, como una metáfora de lo que es ahora nuestras vidas: luchar para que no se nos apague el fuego. Lara borda estas ceremonias de despedida pero en la de ayer estuvo sencillamente espectacular.

Conteniendo a duras penas el llanto pronunció un “volvemos a casa” que me destrozó el corazón. Desde Honduras, más de doscientas personas han estado alejadas de sus seres queridos en un momento muy complicado, trabajando a destajo para que los españoles que optasen por ver ‘Supervivientes 2020’ tuvieran la posibilidad de olvidarse de la tragedia que nos está tocando vivir. Y al frente de ese soberbio equipo, siempre Lara.

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Mientras ayer la veía trabajar pensaba que no imagino una edición de ‘Supervivientes’ sin ella. Desprende ganas, emoción, vibra con los concursantes, se enfada en su justa medida y nosotros desde Madrid solo podemos relajarnos y disfrutar porque con ella al frente en Honduras sabes que estás cubierto.

Lara es una profesional impecable, generosa, siempre al servicio del programa. Es lista y sabe que no le hace falta dar saltos mortales para captar la atención porque en cuanto la cámara le da plano ella se lo merienda con una pasmosa facilidad. Y no estoy hablando solo de que sea guapa, que lo es, sino de ese brillo en la mirada al que hacía referencia Lola Flores y no se opera.

Ese brillo que te hace ver que estás ante una mujer feliz consigo misma, con su trabajo y con la vida. Cuando le toca trabajar en Madrid pasa siempre a verme por maquillaje y tenemos unas charlas que no se podrían reproducir en un cuartel porque los soldados se escandalizarían. Nos reímos, nos intentamos aconsejar y compartimos confidencias. Conoce el medio y sabe que el olvido nos espera a la vuelta de la esquina. Quizás por eso transita por la televisión con esa pasión con la que vives lo efímero. Lara Álvarez es una joya. Qué delicia poder disfrutar de ella.