Relata todo sobre su operación

Jorge Javier Vázquez: "He sufrido un ictus"

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El martes comienza a dolerme la cabeza. Poco. Lo achaco al cansancio. El miércoles por la noche me voy a la cama con un dolor que empieza a ser insufrible. Durante el jueves el dolor va y viene de manera intermitente y lo paso mal durante la gala: no puedo elevar la voz porque me retumba de manera insoportable en la cabeza. Al acabar estoy a punto de ir a urgencias, pero pienso que si duermo me despertaré mejor al día siguiente. No es así. Mi sobrino me escribe un mensaje diciéndome que se va de viaje y soy incapaz de llamarle para despedirme. Tampoco puedo contestar con todo el cariño que quiero a unos mensajes de Mónica Naranjo.

Me despierto el sábado sobre las seis de la mañana. Qué mala hora para que te asalten los pensamientos negativos. Pienso en el tumor que mató a mi padre y a su tía. Y lo que más me inquieta no es mi muerte, si no en cómo contárselo a mi madre. Imagino qué haría si me dijeran que me queda poco tiempo de vida y concluyo que no me daría por tirarme a las calles y quemarlas. Al contrario. Me gustaría charlar mucho con gente de diversas creencias y aprender a morir en paz. Que mi casa se convirtiera en una mezcla de confesiones. No sé si me apetecería recibir visitas. Creo que no. Normalmente acabas consolándolas tú a ellas. Me viene a la cabeza la anécdota de una compañera muy querida que horas antes de fallecer pidió un café y la gente que estaba a su lado le dijo: “No sabemos si te va a sentar muy bien”. Tardó poco en responder con una sonrisa: “Hijos míos, si me estoy muriendo”. Se lo tomó tan ricamente y a las pocas horas falleció. Qué cosas tan raras se piensan cuando estás malo.

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Total que a las doce del mediodía no aguanto más y me planto en urgencias. Calman mi dolor y me hacen un escáner. Ven una manchita en el cerebro que puede ser un problema vascular congénito. Pregunto por lo del tumor. Lo descartan. Qué alivio. Me recomiendan hacerme una resonancia para descartar cualquier problema importante, pero los sábados no las hacen y tengo que quedarme ingresado para estar controlado. Adiós al Deluxe. Y no solo al programa si no a hacer la función al día siguiente en Tudela, donde nos esperaba un teatro lleno. No saben a qué hora me toca la prueba el domingo y cuál puede ser el resultado. Es la primera vez que suspendo una función y agradezco enormemente la comprensión y el cariño con el que reaccionan los gestores del teatro. Volveremos, claro que sí, en cuanto nos sea posible.

Hablo con miembros de mi familia y les digo que no se lo quiero contar a mi madre para no preocuparla. Pero dicen que no, que es preferible no engañarle. Y como siempre, la mejor frase la pronuncia ella: “Ay, hijo, ahora no vayas a contar que tienes algo en la cabeza”. No sé cómo lo hace, pero siempre acaba haciéndome reír sin querer. Por la tarde echo un vistazo a Instagram y recibo algunos mensajes afeándome alguna conducta de las mías, qué mas da cuál sea. Y me produce una extraña sensación estar retorciéndome del dolor y tener que leer por encima –he aprendido a detectar ese tipo de mensajes- ese tipo de reflexiones –por llamarlas de alguna manera- en un hospital. Recuerdo que cuando éramos pequeños mis padres nos decían que llamar por teléfono a una casa a ciertas horas de la noche estaba prohibido porque era un síntoma de mala educación.

Hay veces que recibo mensajes terribles un domingo a las nueve de la mañana y yo me pregunto: con lo bonita que es la vida, ¿no tendrán otra cosa mejor que hacer? Aprovecho para ver el Deluxe. Y entiendo lo que siempre dice mi súper jefe Paolo Vasile acerca de la labor de acompañamiento que ejerce la televisión que hacemos: paseo por las cadenas y no hay otro programa que me haga sentir menos solo. De ahí que entienda que la gente me escriba a mi IG cuando le dé la gana, cosa que se contradice con lo que acabo de escribir anteriormente. Sí, tengo la cabeza como las maracas de machín gracias al dopaje. Y cuando no estoy dopado, también.

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Domingo relajado leyendo y trasteando con el ordenador. El lunes por la mañana me hacen la resonancia y detectan una manchita de sangre que es la que está provocando el maldito dolor. A las dos del mediodía pasa el doctor a ver si seguimos haciendo pruebas o me manda para casa. No me importa quedarme más tiempo en el hospital, se está muy bien cuando parece que no tienes nada grave. ¡Ay!, además es que se me ha olvidado contar –es un decir- que P. está acompañándome desde el sábado. No nos vemos desde hace más de un año y nos reencontramos en un hospital, que es un lugar muy adecuado porque así no tenemos que hablar de por qué lo dejamos y esas cosas. Como soy de natural aprovechado le castigo pidiéndole varias cosas de manera muy seguida. Primero un café americano, luego otro, después un descafeinado, súbeme el respaldo de la cama, acércame las gafas de ver, tráeme por favor el mando de la tele. Ha habido un momentito que lo he visto resoplar, pero por ahora está aguantando bien el tirón. A ver cuánto le dura, pero me da igual porque con la excusa de que estoy enfermo creo que puedo tensar un poquito más la cuerda. Suben los médicos con los resultados. Que me tienen que hacer un cateterismo para descartar complicaciones. Que en el peor de los casos hay que operar. Vaya hombre, y yo que pensaba pasar la tarde con los perros y P. Lo que más me gusta es que me van a sedar. Celebremos pues.

Martes diez y media de la mañana. Ya estoy en planta. Quiero decir que ayer pasé la noche en la UCI. Que me tuvieron que operar de urgencia. Por partes: con el cateterismo disfruté menos de lo que esperaba de la sedación. Esperaba echar a volar como en otras ocasiones, pero me quedé a medio gas. Tanto que incluso me llegué a aburrir. Pero el aburrimiento se desvaneció en cuanto acabó la prueba y en el mismo quirófano el doctor me dijo que había visto algo gravísimo. Que teníamos que operar ese mismo día, lo antes posible. Que si no hubiera acabado de desayunar a las doce se ponían ya manos a la obra, pero por culpa de eso tenían que esperar. Diagnóstico: aneurisma congénito que ha desembocado en una pequeña hemorragia. Ha sido leve. Podría haber sido peor. Muchísimo peor.

El médico no quiere seguir dándome indicaciones pero sé a lo que se refiere. A partir de aquí me quedo en shock: sé que debo ofrecer informaciones públicas sobre lo que me está sucediendo, pero es que tampoco sé a lo que me enfrento. No es que quiera ocultar información, es que no la tengo. Entré por un dolor de cabeza que tenía pinta de migrañas y ahora me veo metido en una historia rarísima. Y, sinceramente, los médicos me hablan de una operación delicada porque es en la cabeza y no tengo fuerzas para comunicarlo porque entre otras cosas quiero ocultárselo a mi madre. Pero claro, al final tengo que contárselo y se queda preocupada. Luego entenderéis por qué. Veo raros a los médicos, muy serios. P. sigue al pie del cañón y viene a verme Adrián. Y me dice: “No le he contado nada a la Esteban y al despedirme ha adivinado que venía a verte. Que te diera esto”. Yo ya sabía lo que era: la imagen de San Judas Tadeo que siempre lleva consigo. La suya propia. Tengo la estampa en mi mesilla de noche.

Qué cosas tan curiosas, mientras espero mi turno para operarme Adrián y yo hablamos del más allá. Yo digo que creo en algo y él me confiesa que no. Intentamos pasar las horas desbarrando como podemos, incluso grabo un video dejándole cosas a P. porque no me ha dado tiempo a meterlo en el testamento y eso que era una idea que venía rondándome desde hace tiempo. Al llegar la hora de la operación mi Adri se despide con lágrimas en los ojos. También están Cristina, Patricia y Alberto. Paolo Vasile está de camino. P. me acompaña en el ascensor sonriendo, como siempre, aunque sé que la procesión va por dentro. Es curioso, no tengo miedo. Sólo sé que antes de comenzar a sentir los efectos de la anestesia rezo un padrenuestro y repito mi mantra para meditar.

Me despierto en la UCI tranquilísimo: todo ha ido bien. A falta de uno me han colocado dos stent. Entra P. y justo después Paolo. Agradezco muchísimo su visita y se lo demuestro, yo que soy tan parco. Pasan también Cristina y Alberto. Al día siguiente me despierto como si no hubiera pasado nada y mi cuñado Eduardo me cuenta por qué mi madre estaba tan intranquila: me operaron el mismo día que hace ya veintitantos años operaron a mi padre del tumor que se lo llevó por delante. Para que luego diga Adrián que no existe el más allá.

A partir de ahora me toca descansar. Recibir la visita de mi madre y de mis hermanas que las han pasado canutas en Badalona. Y, sobre todo, vivir. Podría haber pasado, pero no me ha sucedido nada. No quiero perder el tiempo pensando en lo que pudo haber sido. No. Sólo quiero pensar en como estoy: vivo. Aquí es donde tenía pensado acabar el texto, pero hoy a las seis de la tarde ha venido el doctor. Y ha venido a decirme que ahora que habían pasado las horas era cuestión de hablar claramente. También sufrí un ictus. Las consecuencias podrían haber sido trágicas. Ahora entiendo sus caras. Por poner una nota de humor: me pregunta si los dolores de cabeza se habían producido después de un coito. Y P. delante. Y yo que no, que lamentablemente no. Siguiendo sus indicaciones ahora toca reposo absoluto y todavía son muy importantes las horas posteriores a la operación. Y seguir. Seguir siempre o, al menos, intentarlo. Y agradecer. Agradecer siempre a la vida y a todos aquellos que os estáis preocupando por mi salud. Y ahora ya no puedo seguir porque entonces no paro de llorar. Gracias.

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