Viernes, 2 de octubre. Son las 9 de la mañana. Llego a casa de Josep Maria Mainat. Es el segundo día que tengo que pasar la mañana en el barrio de Horta-Guinardó de Barcelona. Justo antes, me he cruzado unos mensajes con él. Está tranquilo. No quiere hablar públicamente y presiento que prefiere estar en un segundo plano del foco mediático y pasar página de lo que sucedió hace tres meses.

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En la casa no hay ningún movimiento. Llueve en Bacelona. Los pocos vecinos que transitan por la calle me cuentan que él es un tipo de barrio, cercano. La última vez que lo vieron con su mujer fue la tarde antes de San Juan. La familia salió a comprar petardos. Nadie sospechaba lo que estaría a punto de pasar aquella noche: un intento de asesinato inyectado a golpe de insulina. Presiento que va a ser una mañana más de tantas. Conecto con Ana Rosa y le cuento las novedades. Las puertas de la mansión del productor se abren y se cierran constantemente. Pienso que todos los que habitan ahí forman parte del personal de servicio. Las horas pasan y le cuento a Ana Rosa que el productor está en Canet de Mar. Confirmamos que en la vivienda sigue vi- viendo Angela, la investigada.

‘El programa de Ana Rosa’ está a punto de terminar. En el último minuto del matinal escucho gritos. La puerta se abre y veo que una mujer quiere salir. ¿Será la esposa de Mainat? Las puertas se cierran de nuevo. Intuyo que estamos a punto de presenciar algo noticiable. ¿Qué podría pasar un viernes antes de comer?

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