Alberto de Mónaco se convertía en el segundo miembro de la realeza contagiado por coronavirus, después del positivo que hace unos días confirmaba Carlos de Habsburgo-Lorena. El Principado emitía la noticia a través de un comunicado en el que se indicaba además que el estado de salud del esposo de Charlene no revestía gravedad, por lo que estaba continuando con sus compromisos laborales desde su oficina en el Palacio Principesco, donde permanece confinado hasta su recuperación.

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Ahora todas las miradas se han posado sobre la princesa Charlene quien, con motivo del contagio de su marido, debería afrontar su papel como regente y ponerse al mando del Principado en caso de que sea necesario.

Charlene de Mónaco
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Sin embargo, las palabras que la cuñada de Carolina de Mónaco pronunciaba al casarse con Alberto se han ido corroborando a medida que pasan los años. Ella no sería "una princesa al uso", una decisión con la que ha conseguido alejarse cada vez más de sus responsabilidades para con el Principado, alegando en los últimos años que quiere priorizar ante todo su papel como madre.

Pero Mónaco se encuentra ante una situación excepcional, ya que tendría que ejercer de regente en caso de necesidad, puesto que el heredero, su hijo Jacques, solo tiene cinco años. Por el momento, su esposo ha dejado claro que "no hay eventos particulares para presidir, por lo que las responsabilidades de todos, por supuesto, continúan ejerciéndose" desde sus despachos habilitados durante la cuarentena. Esto quiere decir que se evitará en la medida de lo posible que Charlene tenga que afrontar este papel.

Alberto y Charlene de Mónaco
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Cabe recordar que, tal y como tiene acordado con su marido, la exnadadora sudafricana únicamente acude al Baile de la Cruz Roja y a las fiestas de Santa Devota, patrona del Principado, dos actos públicos que complementa con el Día Nacional de Mónaco. Desde el pasado mes de enero no se ha visto a la princesa en ningún evento.

Su falta de compromiso, empatía y cariño con los monegascos han provocado que tenga un buen club de detractores, quienes no le perdonan algunos gestos como el no hablar francés y el haber impuesto el inglés como idioma "oficial" para hablar dentro de Palacio. Un detalle que se suma a sus repetidas ausencias y desplantes con los Grimaldi.