Al pobre Jaime de Marichalar nunca lo tragaron en la familia. Yo misma fui testigo, una mañana en el Club de Polo de Barcelona, de estas desavenencias. Era muy temprano, casi no había nadie, y la familia real al completo, excepto Sofía, arropaba a Elena, que participaba en un concurso hípico. Mientras el Rey hablaba con Cristina y sus nietos, bromeaba y celebraba los triunfos de su hija, Marichalar se mantenía al margen, sentado lejos, con expresión huraña. Mientras todos iban de sport, él llevaba un abrigo entallado, traje impecable, enorme bufanda y sus inseparables cascos. Nadie le dirigía la palabra; tenía la mirada fija en un punto indeterminado e inspiraba compasión.

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A la hora de irse, caminaban en grupo, empujándose unos a otros, y Marichalar se quedaba rezagado, con evidentes problemas de movilidad. Ya había tenido el ictus, la pareja había pasado por situaciones terribles en Nueva York y ambos eran profundamente desgraciados. Aun así, cuando Elena le dijo a su padre que quería separarse, don Juan Carlos se opuso. Y le contó a su médico catalán: “Ya le he dicho que una mujer separada, en España, socialmente se convierte en un cero a la izquierda...”. El amigo preguntó, si no se llevaban bien, qué deberían hacer entonces, y el Rey respondió: “Pues aguantar y joderse, como hemos hecho todos”. Al final se optó, en 2007, por un “cese temporal de la convivencia”, y el divorcio, tres años después, aunque no han pedido la nulidad eclesiástica. Por tanto, delante de los ojos de Dios, Elena sigue casada con Jaime, lo que le impide, dado su acendrado catolicismo, tener relaciones con otro hombre.

Profundamente religiosa, no se identifica, sin embargo, con la extravagante espiritualidad de su madre, que cree en las hadas, en la reencarnación de las almas, en las apariciones de la Virgen y los mensajes secretos en las piedras de Nazca. En la célebre comida del restaurante Landó, donde el Rey comunicó a sus hijos que quería divorciarse de su madre para casarse con Corinna, al parecer la más alterada fue Elena, que se puso a sollozar ruidosamente. Sobre todo cuando su padre le espetó: “Tú te has divorciado y deberías entenderme”. Fue Felipe el que recondujo la situación y logró que el Rey desistiese de su propósito.