Vuelvo a Lanzarote, isla en la que fui muy feliz. No sé si la tengo mitificada y, por eso, quiero pasearla y vivirla de nuevo. Hace veinte años fui y me eché un novio de allí. Por aquel entonces, trabajaba con Ana Rosa y, como me pagaba tan bien, volaba a la isla cada fin de semana. Para mí, era una situación ideal: trabajaba en Madrid y, luego, disfrutaba del amor y el sexo en un entorno único.

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Recuerdo que, de primeras, el paisaje de Lanzarote me impactó. Jamás había visto nada igual: pueblos pequeños, zonas volcánicas sin ninguna edificación que parecían sacadas de otro planeta. Quien lo conoce sabe de qué hablo. Tan noqueado me quedé que le dije a una compañera: “¿Pero aquí habrá juventud?”. Inmediatamente descubrí que sí. Ya por aquella época se me pasó por la cabeza dejar de vivir en la península y trasladarme a la isla. Me atraparon su clima, los paisajes alucinantes, ese ritmo de vida menos estresante, la alegría de su gente. Amo Lanzarote desde entonces. A ver con qué me encuentro tantos años después.