Risto intentó un acercamiento. Pero yo erre que erre: "No caigas, no caigas. Ahora ya no"

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Mientras me estaba cambiando en mi camerino, apareció Risto con Mario Briongos –productor ejecutivo– en un plan muy conciliador. Describo la escena. Yo estaba en chanclas y con unos calzoncillos negros de saldo, porque me gusta llevar calzoncillos baratos –detesto los de marca, me parecen muy pretenciosos, y me parecen más sexy los de mercadillo, manías que tiene uno–. El caso es que tenía a Risto delante de mí diciéndome que lo arreglásemos, yo intentando tapar mis absurdos calzoncillos con unas bermudas y Mario asistiendo atónito a la escena. Dije que “no y que no”, y salí zumbando para mi casa.

Al día siguiente, me entero de que Risto quiere hablar conmigo. Y yo pensé: “No, hombre, no. Ahora que he montado todo esto no puedo echarme atrás. Tengo que aguantar con todas las consecuencias”. Llamadlo orgullo o dignidad.

Me negué a hablar con él. Nos quedaban cuatro días por delante, y de verdad que fueron muy complicados. Pero yo me decía: “Aguanta, Jorge, aguanta, que ya queda menos”. Cuando él hablaba durante las audiciones, yo miraba para otro lado y a la inversa. Nuestros compañeros de edición han tenido que hacer verdaderos esfuerzos para que no se notara el muro que nos separaba. Edurne y Eva Hache, las pobres, capeaban el temporal como podían. A los compañeros que escriben sobre el programa les invito a que intenten descubrir en qué momento nuestro distanciamiento estaba en su máximo apogeo. Estoy convencido de que se llevarían muchas sorpresas y muchas más equivocaciones. ¿Hablaron de tremenda bronca en el primer programa? No sabéis la que os espera.

El último día de grabación, durante la última actuación, Risto intentó un acercamiento. Pero yo erre que erre: “No caigas, no caigas. Ahora ya no. Aguanta que estamos a punto de acabar”. En cuanto pude, me largué, subí corriendo los cuatro pisos que me llevaban hasta mi camerino, recogí mis bártulos deprisa, como si fuera un ladrón. Bajé las escaleras a punto de despeñarme y, en el primer rellano, se abre una puerta y aparece Mario Briongos, muy serio: “Jorge, hasta que yo no digo que se ha acabado el rodaje, no se va nadie”. “Vale, vale”, respondo y me largo pitando hacia la libertad. Me esperaba un mes entero de vacaciones.

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