Jorge Javier Vázquez

Jorge Javier Vázquez

Belén Esteban
Garófano

La reaparición de Jesulín le va a provocar a Belén Esteban un disgusto serio

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Jorge Javier Vázquez

Escritor, presentador, actor y productor teatral

Cuando leáis estas líneas la polémica del dos de mayo en Madrid os sonará a pescado congeladísimo. Engullimos polémicas con una facilidad pasmosa. Los políticos no dan abasto: nos sirven una en bandeja para tenernos entreten dos y a las 24 horas ya empieza a oler a podrido. Entonces tienen que ponerse manos a la obra para sacarse otra de la manga. El caso es tenernos permanentemente en vilo, distrayéndonos para que no ahondemos en la realidad. Porque de hacerlo nos iban a tener que escuchar y pedirle eso a un político es misión imposible. Pero no le pidamos a los políticos algo que nosotros mismos no hacemos. No nos paramos a escuchar al prójimo por temor a que haga tambalear nuestras creencias. Preferimos vivir enclaustrados en nuestros pensamientos antes que abrir las ventanas de nuestra mente para que se refresquen nuestras ideas. La realidad se ha vuelto tan previsible que vivir se ha convertido en una sucesión de repeticiones. Es más: ya no vivimos. Únicamente ensayamos. El más clamoroso ejemplo de que estamos inmersos en un proceso de repetición constante es la vuelta de Jesulín a nuestras vidas.

Me produce morbo verlo sentado con Bertín, a ver cómo aguanta una entrevista de una hora y media hablando de su familia. De toda. Pero lo que más me sorprende de la reaparición del señor de Ubrique es la actitud de Belén Esteban. Tras unos años de calma absolutamente chicha, vuelve de nuevo esa Belén volcánica que escupe lava en forma de amenazas veladas, suspiros de mater amantísima y cabreos flamencos debidos a años de sonoros ninguneos. Reaparece, digo, la Esteban de los inicios de ‘Sálvame’, y da la sensación de que volvemos a esa casilla de salida que tantas tardes de gloria nos proporcionó. Pero, cuidado, porque nosotros, los de antes, ya no somos los mismos. Y ahora, como se encarga de recordarnos continuamente Belén, no puede hablar porque hay una persona que se lo ha pedido. Y además está su marido, Miguel, que cuando ve que la Esteban está a punto de despendolarse le envía mensajes tranquilizadores al móvil que hasta el momento están surtiendo efecto.

Jesulin de Ubrique
Atresmedia

Pero yo, que conozco a Belén como si la hubiera parido, no puedo ocultar mi inquietud. Porque últimamente está abonada al tremendismo. Sufre terriblemente no solo por lo suyo sino por lo de los demás: lo mismo se coge un sofocón por defender a Anabel Pantoja que se sulfura al enterarse de que unos trajes diseñados por Raquel Bollo han sido requisados en una supuesta redada flamenca. Estos parraques se le suelen pasar en cuanto abandona las instalaciones de la tele y hace unas trescientas llamadas telefónicas para desahogarse, pero mucho me temo que la reaparición de Jesulín en escena le va a provocar más de un disgusto serio. Porque supone reabrir heridas, recordar desprecios, volver a transitar por una época de su vida que poco tiene que ver con la actual. Remover un pasado doloroso conlleva sufrimiento e impotencia. Menos mal que Belén tiene un suelo emocional estructurado y una familia que la protege y a la que hace caso. Porque de lo contrario sería como para echarse a temblar.

A mí Belén me sigue haciendo mucha gracia, sobre todo cuando está cabreada, porque es en ese registro por el que navega con mayor esplendor. Sus enfados son apoteósicos, no así sus capítulos de agradecimientos. Es tan cumplida que en una de estas acabará dándole las gracias al carpintero que pergeñó el portal de Belén. Yo hace mucho que no tengo una pelea de las gordas con ella. Quizás porque ya nos hemos hecho mayores y nos conocemos tanto que sabemos cuando la cosa se puede empezar a poner fea y entonces cambiamos el rumbo de la conversación hacia territorios más asépticos. O quizás es que Belén se ha dado cuenta, por fin, de que no puede discutir conmigo porque al final siempre tiene que acabar dándome la razón.

belen esteban y miguel marcos
Gtres

Todas esas elucubraciones las escribo en el vuelo que me trae de vuelta a España tras unos días a remojo en la playa. Al aterrizar, me encuentro varios mensajes de César, mi community manager, que me vio en ‘La matemática del espejo’, en La 2, y me escribe sus valoraciones al respecto. La gente piensa que vivo rodeado de palmeros que me bailan el agua. Pues bien: si leyeran los mensajes que me escribe César se darían cuenta de lo equivocados que están. A mí me hace mucha gracia que sea tan burro. El caso es que siempre que me suelta algún misil de los suyos primero me rebelo y luego acabo dándole la razón. “Si es que en vez de a tu psicóloga me tendrías que pagar a mí”, me dice el tío. Y por mucho que lo quiera por ahí no paso, porque Silvia –mi psicóloga– es una de las piezas fundamentales de mi estabilidad emocional. La podéis ver en el último capítulo de mi podcast, ‘Los burros de Fortunato’, hablando de adicciones y de lo que significa ser adicto. Creo que es una charla que puede hacer bien a mucha gente. Sin dramatismos, de una manera muy didáctica, Silvia explica en qué consiste esta enfermedad tan presente en nuestras vidas y tan lamentable- mente desconocida. Muchos de vosotros ya conocíais a mi psicóloga a través de mi libro ‘Antes del olvido’. Ahora le podéis poder cara gracias al podcast y yo le agradezco una y mil veces que haya aceptado nuestra invitación porque mucho se habla de la adicción pero casi siempre con muy poco rigor. Estoy orgulloso de este último podcast: las palabras de Silvia harán bien a mucha gente.