Paso la Nochebuena cenando con mi madre. Los dos solos, encantados de la vida. El día de Navidad estoy con ella casi por entero porque por la noche duermo en un hotel. La vida, que es así de sorprendente. El 26 vuelvo a casa de mi madre y, aunque tenía previsto volver a Madrid, alargo un día más la estancia. Le digo: “Me he portado muy bien, ¿verdad? Hemos estado muy bien juntos”. “Hombre –responde ella con toda la serenidad del mundo–. No has estado conmigo ni 24 horas y le has hecho más caso al móvil que a mí”. Entonces me prometo firmemente no volver a preguntarle nada nunca más.

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