Después de 21 días en tierra extraña –que diría la copla– vuelvo a casa. Es viernes y escribo en el trayecto Dubái-Madrid, con los ojos aún llorosos después de haber estudiado uno de los pasajes de ‘Desmontando a Séneca’. El estreno está a la vuelta de la esquina, el 13 de marzo en el Teatro Góngora de Córdoba. El lunes comenzamos los ensayos, tengo ganas ya de empezar a levantar esta aventura que me tiene sorbido el seso desde hace algunos meses.

Tenía razón Juan Carlos Rubio, el autor y director, cuando me dijo que esta era la función que teníamos que hacer en este momento de nuestras vidas. Hablar de lo que nos pasa y no de lo que pasa, que diría Lorca. Antes de que suceda todo esto vuelvo al ‘Deluxe’ con las aguas muy revueltas y, repasando la obra de Séneca, he dado con dos aforismos que les planteo a Belén y a Mila en el programa. El primero: “Peores son los odios ocultos que los descubiertos”. Y el segundo: “Todos lo debemos consultar con el amigo, más primero debemos consultar si lo es”.

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No sé por qué han llegado ambas a este punto. Mucho me temo que el sábado no habrá término medio: o acabarán enfrentadas o al finalizar la entrevista se fundirán en un abrazo y se pedirán perdón mutuamente. Cualquier cosa puede suceder y resultará creíble en un universo como el de ‘Sálvame’.

Me he enterado de muy poco estas vacaciones porque necesitaba estar a solas conmigo mismo, descansar, pasear, perder el tiempo, dormir muchísimo, el silencio. Creo que es el viaje en el que menos música he escuchado y, cuando lo he hecho, ha sido para ponerme a Chavela Vargas o a Estrella Morente mientras hacía deporte. Unos se ponen cachondos levantando pesas al ritmo del ‘chunda chunda’ y a mí me coloca ejercitar mis músculos poniéndome en bucle ‘Macorina’. Soy así de especial.

He pensado muchas cosas en este viaje. La primordial es qué necesario es aislarse periódicamente cuando trabajamos en un medio tan potente como la televisión. Qué sanador es convivir con uno mismo, escucharse, aceptarse, luchar contra los miedos que acuden a tu mente para desestabilizarte. Qué cantidad de mensajes recibo cuando escribo sobre el miedo. Qué pavor tienen algunos a compartirlos porque temen que se les acuse de egoístas, de flojos o de caprichosos.