Llevo más de veinte años haciendo televisión y lo que me gusta de mi profesión es que no termina de sorprenderme. Cuando pensé que ya lo había visto todo, llega ‘La última cena’ y destroza mis coordenadas. Es delirante, bizarro, extravagante. Una locura en grado sumo que logró provocarme bochorno, carcajadas, ganas de salir pitando, deseos de que no se acabara nunca. O sea, que logra lo que a mi juicio es el fin de todo programa de televisión: despertar emociones.

Una Lydia Lozano desquiciada y maquillada por su peor enemigo y un Kiko Matamoros lúcido y huevón cocinaron para presentador, colaboradores y chefs. Algo que parecía ya visto pero que en manos del universo ‘Sálvame’ se convierte en una experiencia tan vibrante como devastadora.

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Televisión en tiempos de confinamiento: pocos medios, colaboradores de primera y unas cabezas pensantes –Alberto Díaz y David Valldeperas– maquiavélicas y perversas. Pero, sobre todo, conocedoras al dedillo de lo que es montar show en la televisión. Y montarlo en una época en la que no estamos precisamente para tirar la casa por la ventana en cuanto a medios se refiere.

Pero justamente es ahí donde radica el encanto de esta televisión: en la precariedad que se advierte en un plató decorado con colores vivos y luces chirriantes. La televisión no es más que una copia de lo que sucede en la sociedad y ahora toca echar mano de los pocos recursos que tengamos al alcance para tirar hacia delante. No sé por qué pero ‘La última cena’ me recuerda a la película ‘El viaje a ninguna parte’. Quizás porque el título tiene mucho que ver con lo que nos está tocando vivir. Qué felicidad trabajar en una cadena que te deje emitir productos tan absurdos como este. Faltan cosas por pulir pero ojalá tengamos tiempo de fijar, brillar y dar esplendor. Quiero tener la oportunidad de seguir gozando con los cabreos de Belén Esteban porque la cena le llega a la una de la madrugada.