Viernes por la tarde llego a la casa de mi madre, en Badalona. En la tele está Ion Aramendi con Los mozos de Arousa. “No me los pierdo ningún día”. Y me empieza a contar las bondades de los miembros del equipo. Al dedillo. Incluso se sabe sus edades.“Y uno de ellos se refirió a ti un día como El gran Jorge Javier”. La cena del día se compone de una lata de berberechos, jamón serrano, gambas a la plancha, un lenguado y judías verdes con patatas. De postre, un melocotón. Me voy a la cama a punto de reventar. “Hijo mío, qué bien has cenado”. No tengo fuerzas para contestarle. La digestión se las está llevando todas.

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Al día siguiente nos juntamos todos –hermanos, sobrinos, cuñados, madre– y empiezo a sacar los temas más candentes de la semana para poder escribir este blog con solvencia. Empiezo con Leonor, cómo no. La conclusión es unánime: muy positiva. Pese a la simpatía que despierta la princesa no hay nadie en la mesa que se proclame monárquico. Lo bueno es que la muchacha no molesta. No así Victoria Federica o Froilán, quienes en este hogar de Badalona no provocan mucho entusiasmo. Y estoy siendo comedido, que conste. “A ellos les encantaría que les tuvieran que hacer la genuflexión, como a los Reyes”, se escucha decir en la sobremesa. Y cosas más duras que no escribo porque yo valgo más por lo que callo que por lo que cuento. Lo siento, echaba de menos escribir un latiguillo común tan grande como la catedral de Burgos.

El día antes de la mayoría de edad de Leonor pasé por la Puerta del Sol. Había un pantalón enorme con una foto de la princesa y el edificio de la Comunidad de Madrid estaba iluminado con los colores de la bandera de España. Ojalá un día esa Comunidad aparezca iluminada con los colores del arco iris, es lo primero que pensé. Pero vamos, eso me parece tan improbable como que Victoria Federica se convierta en una mujer simpática y educada.En cuanto a Leonor, me quedé bastante frío. Puede que, incluso, sintiera pena por ella. Me parece una tortura tener que asistir a conciertos de música que ni te van ni te vienen, cenar con gente que no te interesa lo más mínimo, sonreír por obligación cuando estás rota por dentro por culpa de un desencanto amoroso. Irte a la cama pensando que a lo mejor no tendrías que haberle dicho a una amiga que ese presentador te parece un espanto. No poder compartir con nadie el desprecio que sientes hacia ese colaborador o esa colaboradora porque un día fue cruel con tu madre. Saber que no puedes tontear con nadie por WhatsApp porque el destino ha querido que un día tengas que ceñirte la corona de Reina de España. Bueno, esta es otra: qué hacemos ahora con Leonor.

Hablo del tema con una amiga periodista que ya tiene sus años y que es conocida por su mirada tan lúcida como crítica. Me dice que todo lo que ha sucedido esta semana con Leonor le ha dado mucha alegría. Estaba contenta porque se sentía partícipe de todo el ambiente tan positivo que se había generado en torno a la princesa. Como si el asunto también fuera con ella. No me parece poca cosa. En una época en la que nos duele enterarnos de lo que pasa en el mundo, ver a la princesa Leonor tan en su sitio ha sido un chute de euforia. Ha sido como reencontrarse con una prima lejana a la que le teníamos perdida la pista. Una prima muy estudiosa, aparentemente simpática, que además nos pide su apoyo para seguir adelante. Vale. Todo muy bonito, todo muy de cuento de hadas, pero me da la impresión de que a Leonor no le queda otra que enfrentarse a un referéndum sobre su futuro. Sería lógico y sano. Sobre todo, para ella. Esto es como cuando los concursantes de un reality piden salir nominados –exponerse dicen ellos– para conocer la opinión del público. Si yo fuera Leonor preferiría exponerme a vivir siempre con la duda. Además, ya que tiene que ir a óperas coñazo pues que al menos sepa que el pueblo está con ella, solidarizándose con el aburrimiento que provoca cualquier obra wag-neriana o similar.