En los últimos años, Miguel Bosé se ha encerrado en un silencio hermético que ha roto por fin con unas memorias que ven la luz este miércoles. En 'El hijo del Capitán Trueno', el artista repasa su etapa de infancia y juventud, hasta que alcanza el éxito. Sin embargo, el plato fuerte del relato son los pasajes donde ajusta cuentas con su padre, el torero Luis Miguel Dominguín, con quien mantuvo una complicada y tormentosa relación. "Con 10 años vi que nunca iba a quererme", confiesa con una punzada de dolor.

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Miguel Bosé

Miguel Bosé en la presentación de sus memorias este miércoles

Gtres

Miguel Bosé ha presentado este miércoles 10 de noviembre 'El hijo del Capitán Trueno' sus descarnadas memorias con las que recorre su vida desde su nacimiento hasta ese 26 de abril de 1997, donde dejó a toda la audiencia de 'Esta noche fiesta' y de la sala Florida Park de Madrid hipnotizada con su apabullante debut. Aunque los recuerdos que más interés han suscitado son en los que se detiene en el trato con su padre. Si bien ha subrayado en su encuentro con los medios que ha tenido y mantiene "una gran admiración por ambos, por esos monstruos" a los que sentía que tenía que sobrevivir, y de los que "estaba enamorado", lo que deja de manifiesto es el conflicto del torero por aceptar la manera de 'Miguelón'.

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Miguel Bosé con sus padres

Miguel Bosé, de bebé, junto a sus padre, Lucía Bosé y Luis Miguel Dominguín

Gtres

Uno de los pasajes más perturbadores que vivieron padre e hijo, y que se pueden leer en las memorias, es el safari de un mes que compartieron en Mozambique, cuando Miguel tenía solo diez años. El diestro estaba muy preocupado por su afición por la lectura y, con enojo, decía a su mujer, la actriz Lucía Bosé, “¡Maricón, Lucía, el niño va a ser maricón!... ¡Seguro!”, recuerda el cantante. Luis Miguel no se preocupó de administrarle las pastillas de quinina para inmunizarse de posibles enfermedades, y Miguel Bosé cayó "en coma" a consecuencia de la malaria que había contraído. "Me fui a Mozambique pesando treinta y muchos kilos y lo que volvió de mí no llegaba a los quince", recoge en 'El hijo del Capitán Trueno', "tenía la piel adherida a los huesos como un niño de Biafra. Amarillo hiel, de labios cuarteados y enormes ojeras moradas descolgando de dos ojos hundidos y brillantes. (...) Mi madre entró en un ataque de angustia y de ansiedad y me llevó directo a casa, dejando plantado al torero. Yo dormía y vomitaba, algunas veces sangre, y en una de esas, caí hacia atrás en convulsiones y quedé inerte, como muerto. Había entrado en coma. La convalecencia fue larga y seguí débil durante mucho mucho tiempo".