Voy al centro donde trabaja Carolina Sobe a depilarme con láser el pene, los testículos y el culo a fondo. No me lo había hecho antes, no por temor al dolor, sino porque me daba vergüenza que manosearan mis partes. Seré más exacto: no que me las manosearan, sino que me las vieran. Porque yo he tenido una relación complicada con mi cuerpo. Teniendo en cuenta que ahora es cuando mejor estoy, pues fíjate tú cómo he podido llegar a estar antes. Y en cuanto a lo de las partes íntimas, como era tan vergonzoso, me daba pánico que alguien con quien no me fuera a acostar me las viera. Los años te quitan muchas tonterías respecto a ese tema.

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Si consigues conectarte con tu cuerpo y aceptarlo como es, adquieres una seguridad que trasciende a lo meramente físico. Porque al ser nuestro aspecto nuestra primera carta de presentación, el cuerpo y la cara se convierten en nuestro principal foco de inseguridades. ¿Me verán guapo? ¿Me verán delgado? Depositamos en los demás ese poder cuando en realidad solo deberíamos poseerlo nosotros. Aceptarse a uno mismo es la base para vivir en sintonía con lo que te rodea. De lo contrario, te dedicas a descubrir defectos en los demás para sentirte más seguro, pero si buscas cosas negativas en los demás acabarás emponzoñado de negatividad.

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Uno tiene que aceptar que los 50 no son los nuevos 35, sino que son los 50 de toda la vida

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La semana pasada, cuando estaba en bolas en la camilla de la depilación, advertí que en la zona del abductor se me hacían unas arruguillas. En vez de encabronarme, sonreí. Comienzan ya a aparecer los signos de la edad y no me rebelo. Los acepto y pienso que cumplir años aporta historia y experiencia a un cuerpo. Ahora se trata de cuidarlo con cariño para que las décadas luzcan en todo su esplendor. Qué belleza tan salvaje poseen algunas piezas de anticuario. Eso es lo que quiero ser yo. Una joya eterna.