El viernes al mediodía me dice P: “Tengo que contarte una cosa. Ayer se cumplió uno de tus peores miedos. No te lo llamé porque estabas en “Supervivientes” y no quería distraerte pero Cartago se cayó a la piscina”. Eran las doce de la madrugada. Antes de irnos a dormir P. le da a cada uno de los cuatro perros una loncha de pavo. Cartago se volvió tan loco que calculó mal las distancias y se cayó al agua. “Se quedó inmóvil, sin saber qué hacer. Aterrorizado. Hasta que me metí en el agua y vino nadando hasta mí”. P. es hoy más héroe para mí. Detesta el agua fría y a estas alturas de temporada la de la piscina está congelada. “En ese momento no te lo piensas, te tiras y ya. Cartago salió del agua con el corazón a dos mil y yo tan asustado como él. Estuve acariciándolo hasta que se calmó”.  Se calcula que cerca de cuarenta mil galgos son asesinados cada año en nuestro país. De muchas y variadas formas, a cada cual más cruenta. La Junta de Castilla-León ha prohibido matar al Toro de la Vega pero aún así podrán seguir torturándolo. Mal. Es preferible la muerte rápida que el machaque continuado. En El País leo a un crítico taurino apoyando las corridas basándose en que en nuestra sociedad hay actos más cruentos que todavía no han sido eliminados. Me alegra leer el artículo: la pobreza de su argumentación es el claro ejemplo de que las corridas están llamadas a desaparecer. Y que no nos vengan con el rollo de que los que nos preocupamos tanto de los animales deberíamos prestar más atención a los refugiados porque ese discurso es tan cutre como pagar por ir a ver cómo se despieza a un animal. Si el tiempo que dedicamos a quejarnos de la telebasura lo empleásemos en mejorar la vida de los animales viviríamos en una sociedad más justa y solidaria. Por cierto: la imagen del Rey Emérito yendo a los toros con su hija Elena y su nieta Victoria Federica me hace hoy ser un poco más republicano.

 

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