Llegamos a la playa y diluvia con ganas. ¡Ay, madre!, después del palizón de avión que nos hemos pegado. A media mañana amaina un poco y tomamos un poco el sol pero a las seis de la tarde nos metemos rendidos en la cama y no nos despertamos hasta las nueve del día siguiente. Se conoce que veníamos con ganas de dormir. No puedo quitarme de la memoria el recibimiento que Vigo ha dado al inicio de gira de ‘Grandes éxitos’. El teatro Afundación se llenó el domingo y el lunes, y salieron dos funciones inolvidables. El público –entregado desde el primer momento– disfrutaba con todo lo que sucedía y nosotros le devolvíamos multiplicada por dos la energía que recibíamos en el escenario. Es curioso el juego que se establece durante una función. Sales siempre dispuesto a morir pero no siempre hallas complicidad en el patio de butacas. Cuando no la encuentras no puedes ni debes rendirte, tienes que batallar hasta el final. Pero ¡ay! cuando surge la chispa. Entonces sucede lo que en Vigo: que no existe un lugar en el mundo mejor para vivir –y morir– que no sea encima de un escenario. Abandonamos el teatro aturdidos por tantas muestras de cariño y contamos los días para debutar en Barcelona. No sé si quiero que llegue el momento porque sé que todo pasará muy rápido. Es lo que tiene el tiempo de la felicidad: que corre demasiado deprisa.