Escribo desde la cama. Suena ‘A partir de mañana’ de Alberto Cortez a todo volumen. Y en bucle. Esa es una de las cosas que más le sorprendía a P. cuando vivíamos juntos: que podía escuchar la misma canción durante días e incluso semanas sin cansarme. Puede que luego me enrolle con ‘Castillos en el aire’. Estos gustos musicales de ayer, hoy y siempre se los debo a mi padre, que en cuanto a música moderno, lo que se dice moderno, nunca fue. Se lo agradezco. Gracias a él puedo vibrar con Nana Mouskouri, Gloria Lasso o incluso Jorge Sepúlveda.

Ayer estuvo Santiago Segura en el ‘Deluxe’ y acabamos hablando de música. Yo le dije que cada vez tolero menos a estos chicos y chicas jóvenes que cuando cantan exponen en tres minutos y medio un muestrario de agudos. La imagen que se me viene a la cabeza cuando escucho a alguien así es la de un comercial de monturas de gafas que te muestra su mercancía encima de una mesa de cristal. Para mí cantar no es una competición sobre quién tiene los agudos más impactantes. Cantar tiene mucho que ver con hablar en la cama mientras haces el amor. Frases cortas pronunciadas en momentos certeros que amenazan con convertirse en únicos. Cantar es que te cojan de la mano, te acompañen al pico de una montaña y luego te suelten para que te estampes contra tu realidad. Que te mientan y te lo creas. Y que pese a todo te hayan hecho tan emocionante el viaje que desees volver a empezar, porque una canción no es más que un trozo de vida inacabado en busca de sentido. Todo lo demás es encajar notas con mayor o menor destreza.