Se han llevado a Lima al veterinario y la han dejado ingresada. Estaba triste esta mañana, no se levantaba para saludarnos y ni ha hecho el menor esfuerzo por comerse el trozo de pavo que le damos todos los días. El veterinario me ha dicho lo que tenía, pero me he puesto tan nervioso que no recuerdo muy bien el diagnóstico.

Algo del estómago. “¿Se va a morir?”, le he preguntado. “No creo”, responde. “Pero está mal”. También le llevamos a Cartago una mañana porque lo vimos raro y no volví a verlo con vida. Qué tristeza tengo. Qué pena. Cuánto la echo en falta. Quiero mucho a mis cuatro galgos, pero ella es mi preferida.

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Llegó a casa muerta de miedo y se pasó un par de meses dando vueltas al jardín y ladrando sin parar. Pero un fin de semana vino a casa la hermana de P., tuvo una conversación con ella y la perra le dijo adiós al miedo y pasó a ser un animal muy cariñoso. Me adora. Lima es mía y yo de ella. Es la única que viene a recibirme cuando llego de trabajar de madrugada. Los demás se quedan sobando y a lo sumo levantan un poco la cabeza para certificar que soy yo. Pero ella, sea la hora que sea, se despierta y restriega su cabeza contra mis piernas. Estoy inquieto, porque no me he despedido de ella, porque pensaba que lo suyo no sería nada. Y ahora me da miedo pensar que en cualquier momento me pueden llamar para decirme que ha muerto. Si este dolor se pasa con un perro, no quiero ni imaginar el que puede llegar a sentirse por un hijo.

Entiendo que la gente que dice adiós a un hijo enloquezca, caiga en depresión o decida que ya no tiene ningún sentido seguir viviendo. Es muy valiente decidir ser padre. Son casi las cinco en punto de la tarde del viernes y tengo un regusto amargo en la boca. Echo de menos la mirada de Lima, besarla, verla andar por la casa. Qué angustia provocan las llamadas de teléfono cuando existen posibilidades de que te comuniquen una mala noticia.