Son las diez y media de la noche y es raro que esté despierto porque aquí, a trece horas de vuelo de Madrid, C. y yo nos acostamos a las nueve. También es verdad que a las siete de la mañana ya estamos en pie de guerra. Yo voy al gimnasio y ella aprovecha para asearse. A los tres cuartos de hora yo vuelvo todo sudado y nos vamos directamente a desayunar. No, no paso antes por la ducha. Es uno de los tantos placeres que me permito cuando estoy en un sitio donde no me conoce ni dios. Pasearme hecho un ecce homo, que diría mi madre.

En el gimnasio suelo coincidir con un muchacho al que llamaremos Robin. No puedo dejar de mirarlo. Tiene pinta de norteamericano, sobre uno ochenta y cinco, rubio, un bellezón de manual. Luego lo he vuelto a ver en el desayuno y le he dado un codazo a C. no para que lo mirara, sino para que lo admirara. Nos hemos quedado colgados de sus brazos, que diría la canción. Acero para los barcos, que diría un macarra.

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Cuando cae el sol, C. deja de ser persona porque ha descubierto ‘Las chicas del cable’ y se pasa las horas muertas viendo capítulos. De repente, la oigo exclamar: “¡Qué fuerte!” y expresiones por el estilo. Dice que de la serie le gusta hasta la música. Así que antes de perderla, durante el almuerzo, le he animado a que se hiciera un Tinder para echar unas risas. El caso es que yo me he abierto aquí un Grindr, aplicación que muchos gais utilizan para ligar –lo explico para lectoras como mi madre–, y he utilizado una fotografía que me hice en la República Dominicana para Lecturas. Salgo muy mono, con un jersey de canalé, sentado en plan muy casual con las piernas cruzadas. Por ahora, no tengo mucha suerte. Los planes que me salen están a ciento cincuenta kilómetros, así que el rollo sexual parece descartado en este viaje.

El caso es que C. se ha abierto el Tinder. ¿Y quién es el primer maromo que ha aparecido en la lista? ¡Robin! Tiene veintinueve años. Me ha dado una rabia tremenda verlo en Tinder porque durante el desayuno nos hemos cruzado la mirada en la sección de bollería y, a mí, se me ha disparado la imaginación. Total, que le he prohibido a C. que tontee con él y me ha asegurado que por respeto a mí, llegado el caso, no hará nada. Yo, por si las moscas, estoy desilusionándola todo el rato, diciéndole que en qué idioma va a hablar con él si se maneja fatal en inglés y cosas por el estilo. Aquí, o lo hacemos los dos o los dos volvemos a España sin rompernos ni mancharnos. Soy así de generoso para estas cosas.