Me costó reconocer mi cuerpo maduro en el espejo, pero no me reboté

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Jorge Javier

Hoy, día de mi cumpleaños, he tenido una pesadilla. Soñaba que Travis, uno de mis cuatro galgos, se tiraba desde el balcón de mi antiguo piso de Badalona, un octavo. Mi tristeza era tan grande que fui incapaz de asomarme para verlo despanzurrado en el suelo. Al poco rato, me lo devolvieron unos vecinos malherido y todavía con vida mientras un leopardo aparecía de no se sabía muy bien dónde y lo cuidaba dándole besos. Me desperté tristísimo y hasta que no me di cuenta de que todo había sido un mal sueño pasé un buen rato con la angustia metida en el cuerpo. Estoy en un lugar del Mediterráneo descansando. Ayer, después de hacer deporte, me metí en un baño para cambiarme la camiseta sudada y, antes de ponerme otra limpia, me puse a mear. Había espejos por todas partes y veía mi cuerpo reflejado desde diversos ángulos. Una visión 360, que diría Paquita Salas. Me costó reconocerme. Ese cuerpo maduro que me devolvía el espejo no casaba con mi mente atolondrada. Sin embargo, en esta ocasión no me reboté contra el mundo, sino que me reconcilié con lo que veía. La batalla contra el tiempo está perdida, así que mucho mejor negociar con él, pactar, aceptar concesiones, saber que pierdes en algunas cosas y ganas en otras.

Justo lo que no han hecho Iglesias y Sánchez. Me sale del alma no ir a votar si convocan elecciones de nuevo. Total, ¿para qué? Que no me vengan luego con la monserga de que es un derecho precioso que no podemos perder. Votar se está convirtiendo en un suplicio. Como enfrentarse a una dieta tan estricta que sabes dónde te conduce: al fracaso. A estos políticos –y no me refiero a todos, pero casi– no hay que votarlos. Hay que ignorarlos.

No está siendo un cumpleaños fácil. En diciembre, le contaba a Bertín Osborne que estaba viviendo uno de los momentos más felices de mi vida y, en marzo, sufro un revés de salud. Poco tiempo después, mi mejor amiga está a punto de morir, uno de mis mejores amigos lucha contra una terrible enfermedad tras ser operado de urgencia, y otra persona muy querida tres cuartos de lo mismo. Intuyo que esto va a ser la vida a partir de ahora y me rebelo. En seis meses, la muerte ha pasado de ser una idea a convertirse en una realidad muy cercana. Las enfermedades están haciéndose más presentes entre mi grupo de amigos –y en mí mismo, claro– y me doy cuenta de que la palabra “cuidarse” aparece más que nunca en nuestras conversaciones. Y me cuesta aceptarlo porque todo ha venido de sopetón. Porque no me esperaba que de la noche a la mañana todo pudiera derribarse tan fácilmente. No. No está siendo un cumpleaños fácil. Pero intuyo que después de esta época de transición que estoy viviendo, aparecerá otra nueva llena de luz y color. Porque a los cuarenta y nueve me he dado cuenta más que nunca de que la vida es una tómbola. Justo poco tiempo después de escribir estas líneas, me llama mi amigo desde el hospital para felicitarme. Me he emocionado escuchándole. Ya hemos planeado un viaje a París para octubre. Pese a todo, la vida intenta abrirse paso a machetazos y reclama un lugar en nuestro mundo.

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