Estaba yo en quinto de carrera, en clase de Literatura Medieval. El profesor era el mismo que tuve en primero. En primero saqué matrícula de honor y en quinto, con los mismos apuntes que en primero –fui poco a clase, lo reconozco–, un notable. Me pareció curioso y que decía poco del profesor, porque en cuatro años no avancé en cuanto a conocimientos y me pusieron una nota considerable. Eso y que hay algunos profesores que tienen bastante con que los citen. ¡Ay, el ego! Estaba yo en quinto, decía, y el profesor le preguntó a una compañera su opinión sobre el ‘Libro de buen amor’, del Arcipreste de Hita. A la pobre la pregunta la pilló a trasmano y solo acertó a balbucear: “Me ha parecido muy bonito”. El profesor, ese mismo profesor que daba las mismas clases en primero que en quinto, le echó una bronca considerable porque pensaba que una chica que estaba a punto de licenciarse no podía emitir un juicio tan poco trabajado. Me viene a la memoria esa anécdota después de todo lo que se ha liado con la escritora Ana Iris Simón.

La invitaron a la Moncloa para inaugurar el programa ‘Pueblos con futuro’ dentro del plan 2050, y ante Pedro Sánchez dijo, entre otras cosas, que le daba envidia la vida que tenían sus padres a su edad. La que se ha liado. Que eso es un enaltecimiento de ese pasado en el que Franco mandaba y que el discurso tiene un tufillo derechón bastante importante. Ella, que es de izquierdas, se lo ha tomado a risa. Bien hecho. A mí el libro, en el que se cuenta la vida de una familia de feriantes manchega, me ha gustado mucho. Pero claro, después de todo lo que se ha escrito sobre él, me siento como mi compañera cuando le preguntaron por el ‘Libro de buen amor’. Se ha especulado con que la autora deja entrever su patita fascista en algunos capítulos. No sé yo, no me pega. Aspirar a conseguir un trabajo con un sueldo digno después de haberte preparado convenientemente para ello me parece de sentido común. Lo demás, discutir sobre los panes y los peces. Así que sí, me ha gustado mucho ‘Feria’.

Jorge Javier Vázquez

Me he sentido muy identificado con algunas de las cosas que cuenta porque, aunque tengo treinta años más que la autora, pertenezco a esa generación que cuando llegaban las vacaciones se iba al pueblo de sus padres. En mi caso iba a Cieza (Murcia) y a Alcaraz y Povedilla (Albacete) y me siento muy afortunado de ser hijo de emigrantes, porque siendo niño me permitió conocer una realidad muy diferente a la de la gran ciudad. Es curioso cómo conocí la existencia de ‘Feria’. Una mañana estaba yo un poco alicaído y quedé con P. para tomar un café por el centro de Madrid después de hacer una gestión. Estaba, digo, tristón. Preguntándome un montón de cosas y hallando pocas respuestas. Entramos en una de las librerías más conocidas de Madrid y la dependienta se acercó inmediatamente para felicitarme. Me dijo algo muy bonito que no voy a escribir para no pecar de presuntuoso, pero que conste que me quedo con las ganas. Ella fue la que me recomendó ‘Feria’. Y otros libros. Y entonces caí en la cuenta de que Madrid siempre tiene una palabra a punto cuando estás a punto de abandonarla. No hay pareja más embaucadora que esta ciudad. Hoy es sábado y puedo descansar en casa. Ayer actué en Molina de Segura y cuando por la tarde llegué al hotel, antes de la función, me entró un poquito de bajón y pensé: “¿Qué hago yo solo tan lejos de mi casa en esta habitación?”. Y cuando llegué al teatro lo entendí: ser feliz.