El lunes, a las seis de la mañana (hora local), emprendo el viaje de regreso a España. Tenemos trece horas de vuelo por delante y un par más de conexión. Le digo adiós a la primera parte de mis vacaciones, “mis primeras de soltero” han titulado algunos medios. He viajado con C., una chica a la que conozco ya desde hace algunos años y nos hemos descojonado vivos con las cosas más absurdas. Hemos compartido habitación, cama, confidencias y, sobre todo, risas.

Después de estos días de descanso, me quedan varios caramelitos a lo largo del verano: el próximo, hacer temporada en el Tívoli de Barcelona. Llegaré el miércoles por la tarde para hacer algo de prensa, el jueves tenemos ensayo general por la noche, y el viernes, el estreno.

Y a partir de ahí diez días para hacer disfrutar al público, vivir noches inolvidables –estoy seguro– y compartir horas y horas con mi madre. Prefiero quedarme en su casa a quedarme en un hotel. Va a ser como volver a la adolescencia.

Lleva ya varios meses preguntándome qué voy a comer y qué voy a cenar. Pero, por mucho que se lo diga, ella va introduciendo cambios en el menú siempre sobre una misma base: verdura, carne a la plancha y pescado al horno. Yo ya no rechisto. Al final, por mucho que pactemos, hará lo que le dé la real gana. Así son las madres y es imposible cambiarlas.